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Mientras se produce este largo compás de espera antes de las próximas actualizaciones de este blog, procedo a dejar el enlace al grupo de FaceBook que hemos creado en castellano para las Ural.

El enlace es: Ural Fans.

Aquellos que tengan un perfil en dicha red social y deseen formar parte del grupo, lo tienen muy fácil. Es de suscripción gratuita.

UralNavidad08

Por otro lado, tras analizar las estadísticas, listo los enlaces publicados hasta la fecha correspondientes al Sidetour, en correcto orden cronológico, para una mejor lectura.

· Día 1 (I)
· Día 1 (y II)
· Día 2
· Día 3
· Día 4
· Día 5

Confío en una pronta actualización a partir del primer lunes del 2009.

Feliz Año Nuevo.

Sidetour 08 – día 5

Boca pastosa. Lengua adormecida. Chasqueo. He dormido con la boca abierta. A mi izquierda, mesilla, cama de Bruno, armario hotelero de rigor, pasillo y puerta. El no molestar cuelga por fuera. Bruno, dormido, pelea con las sábanas-pitón. Va perdiendo. A mi derecha, la gran ventana que sirve de puerta a la terraza de la habitación. No hay paisaje. No hay vistas. El balcón es el fondo del patio del edificio, paredes pintadas de azul claro, de piscina vacía. Los aparatos de aire acondicionado gotean.

Bruno ronca. No ha dormido muy bien. Su estómago no ha aguantado la digestión del chino. Harto de estertores ha necesitado Omeprazol para poder descansar.

Ducha y ropa limpia. Hoy toca. Regreso a la habitación. Bruno masculla algo. También tiene la boca pastosa. No parece muy capaz de reaccionar. Recojo y empaqueto. ¿Seguirá la Ural dónde la dejamos anoche? En la puerta del hotel, y en plena acera. El conserje prometió vigilarla. ¿Lo haría? Estoy algo inquieto. Finalmente Bruno se pone en marcha. Bajamos a desayunar.

Piscina privada, bar, solarium y restaurante está todo en la misma planta. Me sorprende la distribución de edad de los huéspedes que vemos. Jóvenes de veintipocos o adultos más que maduros de sesenta en adelante. Ni rastro de edades intermedias. Salvo nosotros, la única excepción. Nos miran sin disimulo. Siento un inquietante cosquilleo. Bruno, no sostengas la mirada a nadie.

El desayuno es bufé libre. Algo de repostería, algunos tipos de pan, frutas, huevos revueltos, bacon, café. Dudo de la frescura de los alimentos. El pan está algo duro, la fruta un poco blanda. El café demasiado diluido. El zumo es tipo Tang. Los huevos y el bacon rezuman aceite recalentado. La cara de Bruno es autoexplicativa. Ya tuvimos suficiente con la cena de anoche. No arriesguemos más. Desayunamos lo menos perjudicial. Con algunos panecillos guardados en los bolsillos decidimos la ruta.

Tánger. Apetece. Consolidamos la idea de saltar a África. De Málaga a Tánger, de Tánger a Ceuta, de Ceuta a Cádiz. Podríamos hacer algo así. Comprobaré posibles ferrys y metereología mientras te duchas y empaquetas. Procedemos. Bruno se humaniza bajo el chorro de agua. Voy a recepción a usar la conexión a internet. Compruebo que la Ural sigue donde debiera. Está. Intacta y algo mojada. Ha lloviznado por la noche. Vuelvo dentro del hotel. Llego justo a tiempo. Dos histriónicas inglesas de cabello canoso, pamelas y bastones pretenden usar el ordenador. No están muy seguras de si sabrán utilizarlo. El nieto de la más joven acaba de regalarle uno. No cree que sea práctico, no le gusta el color. Y el de aquí además está en un idioma extranjero. Miran con recelo. Así que aprovecho descortésmente la indecisión y me esmero en darles la espalda. Primero yo y luego ellas. Sufrir un retraso por causa de estas dos adorables ancianitas no es una opción para el Sidetour.

Tardo tres protestas, algunos suspiros de hastío y un par de maleducadas maldiciones de las damas en recopilar los datos. Apago el ordenador. Gesto automático. Me gano un par de insultos más. Informemos de las novedades. Bruno, ya estoy aquí. Hola. Viaje a Tánger cancelado, imposible dar el salto. ¿Y eso? El ferry es demasiado dinero si vamos con la moto. Habrá que dejarlo para una próxima vez. Sí. Lástima. Entonces, por la costa.

Con ganas aún de salir del país, paliamos nuestra desilusión con la idea de pasar por Gibraltar. Ya veremos. Cargamos la moto y partimos.

Sol. Aire cálido y agradable. El viento nos regala un revitalizante olor a mar. La carretera es sinuosa, de esperar en una de costa. Apenas hay tráfico. Permite rodar tranquilos. Momentos como éste me llevan a necesitar creer que el estado natural del ser humano es nómada. Sentirse bien dejando kilómetros atrás. Sentirse en casa al viajar. Sin destino. Sin más ansia que el progresivo cambio del horizonte. Bruno se duerme.

Llegada a Marbella. Logramos no entrar. La circunvalamos. Tras una valla de alta seguridad llena de cámaras y amenazas de descargas eléctricas, hay una plazuela. La puerta está abierta. Es una tentación. El guardia de seguridad distraído. Giro el manillar y nos lanzo dentro. Bruno saluda al de seguridad al pasar. Mira sorprendido. Detengo la Ural en el centro de la plaza y miramos alrededor. Rolls Royce, Bentley, Aston Martin, Morgan. Apago motor. Bajo de la Ural. Que se vea bien, y entro directamente a la tienda de Morgan. Hola, buenos días, quisiera información sobre el Morgan que tienen aquí expuesto. Un momento caballero, que llamo al encargado. La cara de Bruno expresa dudas de cuánto tiempo lograremos estar aquí hasta que nos pateen fuera. Él ojeroso, pálido y sudado. Fácil pensar que está de resaca de estupefacientes. Yo sudoroso, con chaqueta y pantalón guarreados, manchado de grasa de motor y uñas roñosamente negras.

Fuera hay cuatro hombres rodeando la Ural. Comentan, discuten y señalan diversas partes de la moto, en especial el motor boxer. Cómo no lleva el logo de la marca, no saben cuál es. Por los gestos, parecen creer que es una BMW de la Segunda Guerra Mundial. El que más gesticula enfila hacia nosotros y entra en el concesionario.

Algo más bajito que yo, va super-mega-chuli-engominado. Repeinado con perfección para pasar cualquier túnel de viento. Indicativo claro de que sus clientes corren con el coche. Rubio mezcla de castaño ligero y algún rubio natural de bote. A mechas. Viste de tonalidades suaves y apasteladas. No repite ningún color. Pantalones azul marino amortiguado. Zapatos marrones, naúticos. Cinturón negro mate. Camisa amarillo crema. Corbata que ni verde ni azul, mortecina. Chaqueta verde discreto. Anillo de casado, oro blanco. Él por entero expresa sometimiento. Es el encargado.

- Buenos días, me comentan que tiene cierto interés por un Morgan, ¿en qué puedo serle de ayuda?

No tiene pinta de creer que estemos en una Misión de Dios. No cometeremos el mismo error que en la Warner. Comienzo a largar lo que se me va ocurriendo. Vehementemente. Enfatizo el conflicto que tengo con la oficina central. El próximo viaje quieren que sea en un Hurtan. Pero eso no nos convence. Queremos un Morgan de verdad. Pido datos, muchos datos. Capacidad del depósito, láminas de las ballestas, factor de compresión, relación de la transmisión. Me abren el motor. Lo examino con verdadero interés y detenimiento. Salpico mis preguntas con pincelas de los viajes de Bruno por China, Rusia, Irak. Saco la linternita. Examen de los carburadores. Bruno da cancha. Intercambiamos comentarios de un supuesto viaje en camión de 1932, ése de hace dos años y que tanto gustó a Redacción. Apreciamos las similitudes entre ese motor y éste. Pruebo un manguito del vacuómetro. Leches. También vale para un Morgan. El manual no exageraba. Solicito permiso para examinar el motor desde abajo. Concedido, al suelo. Fantástico, qué fácil acceso a la totalidad del motor. Llega la pregunta clave. ¿Podemos probarlo? Reticencia. Tensión.

- Sí, claro.

Bien. No me piden ni la documentación. Conduzco, Bruno de acompañante, y el encargado encogido en el escaso hueco trasero en posición fetal. Un frenazo y  se clavará los dientes en las rodillas. El coche es impulsivo, y más con las botas de motero. Reacciona muy rápido. No hay hueco para el despiste, puede ser brusco fácilmente. Traga gasolina como un energúmeno. Mucho tapizado de cuero, mucha caoba en el salpicadero, pero este coche necesita una carretera para él solo. A exprimir todo lo que se pueda. El encargado se preocupa, lo devolvemos. Regresaremos a por el coche si a la Oficina Central le convence. El encargado nos comenta que si nos llevamos esa misma semana el que está en exposición, nos hace un 15% de descuento. Tuerzo el gesto. Qué grosero. Nosotros no hemos hablado de dinero en ningún momento. 

Seguimos viaje. Bruno dormita.

Repostaje en Estepona. Procedo al pago de la gasolina. A mi regreso, Bruno, que no ha salido del sidecar me mira con los ojos abiertos y mueca de extrañeza. Cada vez se siente más unido a la moto, a sus sacudidas, a sus sonidos. Y comienza a preocuparse por ella. Fruto de su incipiente cariño ha querido comprobar la temperatura del cilindro mediante el método del salivazo. Reuniendo toda la saliva y aire posibles, con esfuerzo y concentración, ha escupido sobre el cilindro derecho. Pero no ha levantado la visera. Ahora, el salivazo se escurre lentamente a favor de la gravedad por el interior del casco, goteando densamente cual sangre de Alien cercenado. Con mirada infantil me mira inquisitivo. No comprende por qué no ha funcionado. Mi respuesta es un ataque de carcajadas. Bruno, sonrojado. Nos haya pasado a todos. Llega un momento en que te olvidas del casco. No parece consolarle. Me tranquilizo con esfuerzo, y continuamos. El sonrojo aún le dura a nuestra llegada a Gibraltar.

Hay retención en la entrada. Paciencia. Convenimos en hablar sólo en inglés mientras estemos allí. Hay que integrarse. Llegamos a la línea pintada en el suelo. Fin de España. Unos cinco o seis policías nacionales nos miran. Uno de ellos nos saluda. Le saludamos de vuelta y pasamos la raya que marca suelo británico. Oímos gritos a nuestra espalda. La agente de fronteras nos da el alto y señala hacia el puesto español. Paro la moto y nos volvemos. Desde la línea española y sin siquiera pisarla, el amable policía del saludo nos grita.

- Coño, podríais por lo menos hacer amago de enseñarme algo ¿no?
- Ah. Pensábamos que nos saludaba. Cómo nos saluda todo el mundo. ¿Qué quieres ver? Es bonita la mires por donde la mires.
- El pasaporte, joder, el pasaporte.
- Ah.

Sin deshacer lo más mínimo nuestro cambio de nación, sacamos el pasaporte y se lo mostramos desde territorio británico, cerrados. El policía español sacude la mano, desiste. Se vuelve con sus compañeros. Interactuamos con la agente británica. Hablo en castellano, pero con acento inglés, para asegurar el entendimiento. Ella se esfuerza en contestar con perfecto acento andaluz. Increíble. Pasaría por nativa de La Línea.

- Buenos días, agente. ¿Me puede sellar la agenda?
- ¿La agenda? No. Sólo se puede sellar el pasaporte.

Me muestro apesadumbrado. No puede ser. Inconcebible. Es muy importante. Estamos repitiendo el viaje que hizo mi abuelo a finales de 1944 sobre esta misma moto. India, Iberia, Islas Británicas. Mombasa, Gibraltar, Gales. Él tenía su libro de viajes completamente lleno de sellos. Espere agente, que se lo muestro. No me deja acercarme al maletero. Suspira, con cierta carga de incredulidad, y toma mi agenda. La sella. Nos adentramos en la colonia.

Cuarenta y cinco segundos después, se acaba Gibraltar. El mar. Una rotonda, dos calles para vehículos, una peatonal e infinidad de gasolineras. No hay más. Si por lo menos midieran en kilómetros les parecería más grande. Hay suerte, hueco en el aparcamiento. Cogemos lo indispensable y vamos a la calle peatonal, en busca de un fish’n’chips. Es la hora de salida de los colegios. Uniformes harripotienses por doquier. Bruno no deja de repetir lo friki que le resulta éste Hong-Kong español. El cambio de país es total y completo. Cambia el idioma, el acento, el operador telefónico, y hasta el fenotipo. Está claro, las mujeres de aquí son británicas, de la rama de las turistas-cangrejo. Buscamos el pub más prototípico que podamos.

Andamos poco. Entre las sombras de una esquina hay lo que buscamos. Interior cargado de humo, muebles oscuros, vitrinas polvorientas, tele con la liga de fútbol inglesa, tragaperras con señora adosada, punki tatuado y acento indescifrable, gótica novia de punki, anciano arrugado con una botella de oxígeno. La alterna con una pipa de fumar tan vieja como él. La dueña es parca en palabras y arisca en gestos. Saliendo de la barra nos amenaza preguntándonos qué tomaremos y si pagaremos en euros o libras. Esterlinas, matiza. Bruno va a decidir por los dos. Yo estoy inquieto por la moto. Un par de tipos en derredor me hacían temer por nuestra maleta exterior. Voy a ver.

Desde la moto se ve un bobby. Supongo que será el bobby de Gibraltar. Interactúo. Buenas tardes, verá, quiero saber si es muy inconveniente dejar la moto ahí, no es que tenga un gran valor, es principalmente sentimental, era de mi abuelo y estamos repitiendo con ella un viaje que él hizo, lo llamó el viaje del Imperio, sí, un viaje largo. Escucho con atención el acento del policía. A ver si acierto. Sí agente, el viaje era Mombasa-Gibraltar-Cardiff, ah, ¿ud. es de cerca de allí?, qué casualidad, ah, ¿y de verdad no le importa vigilarla mientras comemos unos fish’n'chips?, gracias, qué amable, estaremos en ese pub de ahí, y gracias de nuevo. Dejo al amable bobby silbando y dando vueltas a su porra mientras camina en círculos alrededor de la moto.

Comemos. No es gran cosa. Bruno cerveza, yo agua. Cierro los ojos y me abandono a la marea de sonidos que llegan. Musiquilla de la tragaperras, blasfemias de la jugadora, toses del anciano, maldiciones varias del punki, aseveraciones de su novia, bruscas preguntas de la dueña a sus feligreses. A menor volumen, tránsito de peatones en la calle, comentarios sobre compras de los turistas, música de alguna tienda cercana. Débil, el ruido de una calle con coches. Suena muy distinto. La diferencia a ambos lados de la frontera es radical. Pagamos. Nos vamos.

Bruno desea ver los monos. Conduzco hasta casi llegar a ellos. El último tramo es de pago. Resolvemos no hacer gasto, por muy británicos que sean. Bruno les lanza unos caramelos desde donde estamos. Ni caso. Abandonamos el país. Intento repetir lo del sello en la reentrada a España. No tienen nada con lo que sellar, y sí mucha mala leche con el atasco que hay montado. Armados de paciencia, esperamos.

Circunvalamos Algeciras. Bruno cae profundamente dormido. Tengo curiosidad por saber qué recordará de todo el viaje. Él lo llama instrospección. Yo, roncar.

Superamos Tarifa. Inmediatamente todo cambia. El viento del Atlántico golpea, literalmente. Frío, fuerte, cortante. En lo alto del puerto no hay dónde refugiarse. En la carretera de bajada tampoco. La temperatura baja drásticamente. Vemos que efectivamente sobre nosotros hay cielo azul. Es el centro de un anillo de pocos kilómetros de radio. En el borde de ese anillo llueve intensamente. Llueve sobre el Atlántico, y el viento trae ese frío y lo arroja con saña. Paramos a tomar un café y ajustarnos las chaquetas.

La pausa es en Casas de Porros. Sacamos el Mapa. Definamos ruta, para ver dónde nos refugiamos hoy. Quiero pasar por Sevilla. Bruno se resiste. Una visita a Al-Alandalus Choppers es obligada. Quiero conocer a Dr. Ángel. Y necesitamos un par de repuestos. Bruno accede. El plan es entonces acercarnos lo máximo posible a Sevilla hoy, para mañana emplear el menor tiempo posible en el asunto. Seguiremos por la costa a todo trapo y a ver dónde caemos. Hacemos kilómetros y kilómetros. Disfruto del silencio y las cosechas de aerogeneradores.

Se incrementa gradualmente la cantidad de aficionados a las motos. Jerez está cerca. Más saludos de lo habitual. Más fotos. Más comentarios. Más veces nos ceden el paso. El viaje es entretenido. Con los primeros cambios de color del ocaso llegamos a la ciudad de Cádiz. Me gusta esta ciudad. Es costera, es de playa. Pero muy diferente a todas las otras que hemos atravesado, grandes o pequeñas. Cádiz tiene cierta armonía arquitectónica. Es agradable circular por ella. En un alarde de destreza, nos perdemos. A la tercera vez que pasamos frente a la catedral entendemos que esta ciudad tiene forma de piruleta. Damos vueltas alrededor del casco antiguo sin ver la salida. Que esté en obras no ayuda mucho. Solicitamos algo de ayuda a los nativos y nos orientan adecuadamente. Recorremos la ciudad una vez más. Me ratifico. Cádiz me gusta.

Anochece según abandonamos la ciudad. Torcemos hacia Sevilla. Rodaremos hasta que no podamos más. Tomamos la autovía, por dos razones. Uno, hace más calor en ellas que en otras carreteras. Dos, está iluminada por farolas y por los vehículos. Nuestra luz frontal sigue sin funcionar. Las de los demás ayudarán. Sabemos que el frío y la oscuridad acabarán rápidamente con las energías que nos quedan. Las reservamos guardando silencio y concentrándonos en la carretera.

Nos agotamos en Jerez. Fin de la etapa de hoy. Por casualidad nos detenemos en un Ibis. Queda una habitación libre. La ocupamos. Es enorme. Parece un camarote. Bruno me cede la gigantesca cama principal. Él se adjudica la retractil, que se esconde bajo un armario de cajones falsos. Argumenta que soy el piloto y he de descansar en condiciones. Acepto su argumento, y sonrío. La cama escamoteable le hace ilusión. Así sea. La habitación huele a desodorante industrial. Nos vamos a cenar al centro. Debatimos las consecuencias semánticas del par “abierto-cerrado”. Para Bruno, “cerrado” no existe sino como indicativo de posición, igual al de “abierto”. Para mí, se puede resumir en “[abierto,cerrado[” y es función continua. Tras cierta polémica, acordamos que es lo mismo. Respiro tranquilo, el sidecar no tiene puerta que puedas abrir o cerrar.

De nuevo en el hotel. Bruno actualiza su blog. El ordenador de recepción está encendido y con la conexión habilitada. Hay plantas grandes cerca. Son falsas. Las desplazo para que le oculten y el encargado no le vea. Da igual. Al recepcionista le importa poco. Frente a la habitación hay una mujer con una bandeja en las manos. Carga con la cena para dos personas. Es huésped. Golpea la puerta con la cabeza. Toma un respiro entre golpe y golpe, para suavizar el dolor. Los vasos se sacuden peligrosamente. ¿Necesitas ayuda? Sí, gracias, no me oyen dentro. Cierro la mano y llamo decididamente con los nudillos. Cuatro sonoros golpes secos. Contesta una voz. Gracias. De nada. Entro en nuestra habitación.

Busco mi libro. Anoto mentalmente repasar la moto mañana. Me duermo.

Sidetour 08 – día 4

Me despierto. Azul oscuro. La tienda filtra la luz exterior. He dormido muy bien, a pesar de la falta de espacio. El olor es intenso, reconcentrado. Realmente no sé si me ha despertado el olor a humano, o alguna otra cosa. Fuera, no suenan los pájaros. Abro la cremallera de la tienda. Qué raro. Anoche hacía mucho calor y se quedó abierta.

Entra aire fresco. Huele a tierra mojada. Vaya. No augura nada bueno. 

Vestido, rumbo hacia los baños. Me afeito. El placer de sentirse libre de mi medianía de barba queda interrumpido por un corte. Zisss. Superficial pero largo y situado en un pliegue de la cara. Cachis. De los que incordian. Tardará en cerrarse. Ducha. Las cañerías vibran, lentas, profundas. Son un coro de monjes tibetanos rezando al fluir del agua. Es entretenido jugar con el grifo para crear melodías sagradas.

Camino de la tienda llega un recuerdo de otro camping, otro momento. En aquel, una tienda de alta tecnología, con forma de iglú y claramente capaz de soportar los peores castigos climatológicos. Detrás, una valla, límite del área de acampada. Tras la valla una cierva, con su cría, asomadas. Sabedoras ambas de la generosidad de los campistas, siempre dispuestos a compartir el desayuno. Se abre la tienda. Sale un caballero. Alto, muy alto. Experto en origami si ha de dormir en esa tienda. Seguro. Pijama clásico blanco, con finas rayas verticales azules. Chaqueta del pijama con grandes botones. Gorro de dormir, largo, fino y acabado en punta. En la punta un pom-pom blanco. Bosteza, se estira, se rasca la espalda, y vuelve dentro de la tienda.

Buenos días, Bruno. Hola, ¿has oído eso el ‘ahouumm’ ese, como místico? Sí, son monjes tibetanos rezando en las duchas. Bruno agarra sus útiles de higiene y se lanza ilusionado en su busca.

Recojo. Va a llover. Toca proteger bien la cámara y demás elementos sensibles al agua. Bruno vuelve. Me mira, reprobándome la inexistencia de lo cantores tibetanos. Empaquetamos la tienda, liquidamos la cuenta. Nos vamos.


Petición de Bruno. Desea acercarse a la playa El Playazo, para bañarse. Buscamos la entrada, pasándonosla un par de veces. Llego con la moto casi hasta el propio mar. Bruno en bermudas, trota hasta el agua y se zambulle. Le pierdo de vista. Caen las primeras gotas.

Se acerca un hombre. Holandés. Pregunta sobre la Ural. Finalmente confiesa. Hace poco compró una Harley Davidson moderna. La Electra Glide conmemorativa. Muy descontento. Cara, pesada, ocupa demasiado y consume como un ogro. No puede decírselo a su mujer. No después de lo que costó convencerla. Escucho amablemente. Confesado, se despide calurosamente.

No va a ser un tímido chubasco. Las gotas son grandes, pesadas, tibias. Paseo. Bruno vuelve. Rápido, que nos mojamos. Se pone la chaqueta, el chubasquero encima y el casco. Con los pies aún cubiertos de tierra se lanza dentro del sidecar. Abandonamos la playa a la vez que el goteo se convierte en lluvia, en busca de refugio antes del diluvio.

No hay esa suerte. Ante la previsión de empaparme, tengo una idea. Bolsas de basura y cinta aislante. Me envolveré con ellas, para que el plástico mantenga el agua fuera. Paramos en una ferretería. Pido a bruno que tenga a mano la navaja. Entro. Adquiero todo lo necesario. Al salir, se me presenta la imagen que sigue.

Bruno, en un charco. Se mira con detenimiento los pies descalzos, mientras chapotea. Arena en las pantorrillas, con una mano se remanga las bermudas verde fluorescente. Chubasquero abierto, se ve su chaqueta de motero. No se ha quitado el casco, ni las gafas de sol de cristales amarillos. Sujeta la navaja abierta en la otra mano. A unos pocos metros, una anciana con bastón y paraguas mira asustada. Vístete y ayúdame, anda. Bruno toma conciencia del panorama y se viste a toda prisa. Pide disculpas a la señora. La mujer sale corriendo.

Cortamos las bolsas. Me envuelvo en ellas. Convertido en el hijo del hombre-basura y la mujer-morcilla. Bruno se refugia bajo el cuero del sidecar, tapándose hasta la altura de los ojos. Reanudamos el viaje hacia el ojo del huracán. Hacia Almería.

Arrecia a medida que avanzamos. De chubasco a lluvia, de lluvia a tormenta, de tormenta a tempestad. El viento azota, la visibilidad se reduce por momentos, la capota del sidecar se empapa. Yo conduzco contento. Mi disfraz funciona. El agua fría de fuera no entra, y el agua que ya me había mojado se calienta poco a poco con mi calor corporal. No se evapora, evitando hacerme sentir frío. Entonces llega el planchazo.

Entramos en un badén. Simultáneamente entra un coche por el otro extremo. Va muy rápido. Hay agua acumulada en el fondo. Llegamos a ella a la vez. Las ruedas de coche hacen un surco. La lanza violentamente. Contra nosotros. La ola nos supera en altura. Impacta con mucha fuerza. Me descoloca las gafas y el casco. Golpea estómago y hombros arrastrándome hacia atrás. Trago agua. Agarro el manillar desesperadamente. La moto da bandazos de lado a lado. Escupo barro. Descargo el peso hacia la tija, enderezo la dirección, y a la vez toco suavemente el freno de atrás. Reduzco. Vaya con el ojo del huracán de Rey Trueno. Me da un ataque de risa. Agua hasta en los calzoncillos. La bota izquierda ya no es bota sino pecera. Por dentro, los pliegues de las bolsas de basura rebosan. Me río a carcajadas. Bruno, igual de empapado, me observa con cara de no comprender nada. Incapaz de contenerme, me río durante al menos diez minutos más. La lluvia amaina. Coincide con nuestra entrada en Almería.

He de comprar un traje de agua. En RPM Bikers probé uno ideal, buscaré algo similar. Encontramos una tienda en el centro. Compramos el traje. Me lo llevo puesto, con las etiquetas colgando sin cortar. Bruno está casi tiritando. Rápido, un bar. Nos atiborramos a patatas bravas extra picantes, para entrar en calor. Bruno come tres raciones. Ganamos tiempo con ello, y entramos en un restaurante. Caldereta de pescado. Idóneo.

La lluvia arrecia de nuevo. Cae en estruendosas oleadas. Nada más escoger el menú, Bruno desaparece. Va al baño. Atranca la puerta. Se desnuda. Agachado bajo el secador de manos, lo activa una y otra vez. Una vez seco él, seca la ropa. Los camareros no se explican el calor que inunda el restaurante al reaparecer Bruno.

Tenemos suerte. Deja de llover. Salimos precipitadamente del restaurante. El dinero queda esparcido por la mesa. El café a medio terminar. Hay que aprovechar este momento de calma para hacer tantos kilómetros como se pueda. Hay que seguir. Me sorprende que no tengamos que planteárnoslo. Nada de esto tiene sentido si las ruedas no giran. ¿Estaremos volviéndonos adictos?

Carretera de costa. A la izquierda el mar. A veces con playa, otras con rocas. A la derecha, monte cortado, ramblas para riadas, vegetaciones y casas. Atravesando Balanegra, avistamos a cuatro pisos de altura un gnomus urbis balconis o gnumus macetus, de tamaño considerable. Supera claramente los 75 cm de altura. Asombrados, paramos. Debatimos intensamente. El tamaño es muy superior al gnomus jardinus, y no digamos al gnomus muscus. No entendemos cómo ha llegado a tener el tamaño que tiene, sin que nadie le pegue un tiro, que es lo que le apetece a Bruno. Se le antoja demasiado grande y desafiante.

Rápida parada cerca de Málaga. Comienza a anochecer. Aprovechando una amistad de Bruno en las cercanías, detenemos el viaje por unos momentos para recuperar fuerzas y charlar un rato en grata compañía. Pido prestado un par de secadores para la aún empapada ropa. Lamentablemente queda constancia del hecho en varias fotografías que toma nuestro anfitrión con una traicionera cámara compacta. Dicho anfitrión también nos sugiere amablemente que pernoctemos en Torremolinos. Le regalamos caramelos de marca “Aciditos” en gratitud por su hospitalidad, y nos vamos.

El camino es corto, pero resulta eterno. Conduzco con apenas energías. Vapuleado, golpeado, empapado, secado. El desgaste de hoy es muy superior al de días anteriores. Llegamos. Me tumbo sobre la moto. Me dejo arrastrar por Bruno. Me duele todo. Hotel. Mejor para esta noche. Cenamos en un chino. Los únicos clientes en la hora y media en la que estamos. Como muestra de pérdida de cordura, Bruno propone escoger el menú más cutre de todos. Acepto. Examina el contenido de la elección. Nos falta cordura pero no tanta. Mejor el que es dos euros más caro. Parece menos perjudicial, al menos dos euros. Veinte minutos después del restaurante, Bruno ya siente los primer dolores estomacales.

En el hotel busco mi libro. No puedo leerlo por estar empapado de agua. Abierto en abanico, lo pongo a secar. No recuerdo dormirme.

Sidetour 08 – día 3

Abro los ojos. No reconozco el cuarto. Claro. Estoy de viaje. Por un momento me creo de gira, un hotel anónimo detrás de otro. Estoy de gira, pero con Bruno. Me ubico. El Sidetour.

Asalta el sueño de esta noche. Un perro, mezcla entre pastor alemán y chow-chow. Naranja. Tenía un caleidoscopio por el que miraba. Uno de esos que son a la vez catalejo, que montan la imagen final con los colores y formas de lo que ves a través. Yo miraba con los ojos del perro, pero no lo era. Anoto el sueño. Me ducho. Recojo. Abro el mapa de ruta en la mesa del salón. Entra una luz agradable. Marco una cruz en Murcia. Con el cordel y el rotulador dibujo el círculo alrededor. Hago una línea recta entre el hotel de ayer y la ciudad en la que estamos.

Bruno da los buenos días. Comenta que no ha dormido muy bien. Ha diluviado. A cubos. Ha hecho viento y tronado. Con una mezcla de resignación y cabreo declara que no ha habido manera de pegar ojo. Ah. Pues no me enterado de nada. Nada de nada. Qué suerte. Me pregunta por el zorro y sus ojos. Le cuento el sueño. Lo anota. Él ha soñado con Panero. No da más detalles.

Asomados a la ventana se ve claramente hacia dónde hay que encaminarse. Al Sur. Vuelve a ser el único punto del horizonte sin nubes. Nos tomamos un té. Bruno friega. Yo recojo. Nos vamos.

En ruta. Bruno, dormido. Ruedo tranquilo. A estas horas no hay casi nadie en la autovía. Todo tiene dos, tres y cuatro carriles por aquí. Resulta un poco aburrido. Es zona de traslado de grandes cargas. Prácticamente todas las vías tienen una nomenclatura europea. Se nota el destino de todas estas verduras. Y que Europa viene por aquí. En dos modalidades distintas: grandes resorts vallados y aislados, organizados por nacionalidades,  a distancia suficiente de todo para que no haya ni contaminación fonética. Y grandes colonias de tienduchas de plásticos reciclados, difíciles de ver, miméticas con las cubiertas de los invernaderos. En ellas también hay europeos, pero de los que no tienen dinero. De los que no lo tienen ni aquí, ni allí.

Hasta el moño de la autovía, salgo a la vía de servicio. De pocos coches, a ninguno. Vamos absolutamente solos. Y es más divertido, el asfalto presenta mil y un baches. Agujeros, charcos, desniveles. Botes, muchos botes. Bruno se despierta. Lanza un par de vítores, algún yujú y silbidos varios. Un par de botes serios y pasa a disfrutar en silencio. Y agarrado, muy agarrado.

Por ir por la vía de servicio, el cruce hacia el sur a la altura de Alhama queda inaccesible. El asfalto desaparece. Vamos por tierra. Más botes, más charcos. La velocidad baja drásticamente. Empotrarse contra un invernadero de berenjenas no parece un buen final para el Sidetour. El camino tuerce hacia el norte, encarándose hacia las tormentas. Me pierdo. Verduras. Ni una persona, ni un nativo, ni un temporero. Sólo verduras. Vamos a dar con un camino que parece avanzar hacia el sur. Por él. Al frente, la autovía a Mazarrón. Lección cogida. Si te sales de la autovía, te comen las verduras.

Entramos en la muchos-carriles. Otra vez, Bruno dormido.

Veo el mar. No. Veo grandísimas extensiones cubiertas de plástico. Vuelvo a ver el mar. No, tampoco. Tras cada colina, a cada vuelta, invernaderos de plástico. Más. Con el sol cayendo encima, brillan. Lo reflejan. Se confunde con el brillo del agua. El aire los agita. Se mueven en oleadas. La confusión es fácil. Reflexión en silencio: las autovías son desiertos en forma de tallarines, no-lugares por excelencia.

Por fin. Abandonamos la autovía, esta vez autorizados por un cartel que nos indica el camino a seguir. El cambio de terreno despierta a Bruno. Sonríe. Grita algo amable. No le entiendo. El viento, el motor y los cascos lo impiden. Asiento con la cabeza y muestro una sonrisa. Sonríe de vuelta y alza los pulgares de ambas manos.

Cambio de rasante. Lo veo. Lo vemos. Señalizo, reduzco y paro en el cruce con el Camino de la Torta Frita. Bruno salta del sidecar y corre con los brazos en alto. Grita “mi barco, mi barco”. Le sigo con la cámara en la mano. No grito nada.

La locura transitoria tiene explicación. En uno de sus shows, Bruno es un capitán de atormentada relación con el argumento. Quiere subirse. Le hace ilusión. Le tiraré alguna foto, por si le valiera. Junto al timón, posa. Le lanzo el mapa de carreteras. Él protesta, no es una carta marina. Bueno, para llegar al mar lo vas a necesitar, junto con un par de ruedas como mínimo. Parece conformarse con la respuesta. Fotos. Reparo en que mira en dirección equivocada. La proa está para el otro lado. Qué más dará. Está aparcando.

Proseguimos viaje.

La arquitectura va cambiando poco a poco. Ya se ven salpicaduras de estilo colonial. Pienso en Sudamérica, el Caribe, Méjico. Rastros moldeados sobre el ladrillo y la argamasa. Migraciones entonces, migraciones ahora. Imposible de controlar. Cambia también el aspecto de los operarios de la vía. Antes pintaban las líneas con gorra o capucha. Estos llevan sombreros de paja. Simples, deshilachados. Redondos. Sudan más, hace más calor.

Al poco de pasar Aguilas, Almería nos recibe. El cambio de paisaje es súbito. La carretera baja hasta la playa. El mar a 25 metros escasos. Los colores, la luz, la arena. Todo combina perfectamente. Salgo de la carretera, meto la Ural en la playa. Pido a Bruno que pasee un rato, y tiro foto.

Huele salado. A arena mojada. El sol empuja la sangre por las venas. El viento rumorea entre los radios de la moto. Callados, disfrutamos. Sería deseable llegar a San José. Da pereza ponerse en marcha. Enciendo el motor, y avanzamos despacio por la arena. Bruno, pies descalzos sobre el morro del side, silba Una nube, una sombra y un mitad, de Mr. Conde. Oportuno. Rodamos absorbiendo todo lo que podemos de este conato de libertad.

El paisaje es asombrosamente familiar. ¿Cuántas películas rodadas por aquí? No es de extrañar que parezca que ya hemos estado. O creer ver a Clint Eastwood con poncho. Observo las casas que vamos pasando, y pienso. Los manitas de Leone serían de por aquí. Así que las casas que lucen sus películas tendrán poco de tejanas y mucho de almerienses. Deberían corregir las cajas de cowboys de los Clicks de Famobil.

Al pasar por el Pozo de los Frailes nos desviamos. Bruno me ha indicado tomar la salida de la izquierda. En este tercer día ya contamos con un lenguaje básico de signos. Tenemos gestos para indicar sí, no, después, al frente, izquierda, derecha y despacio. Lo demás, a gritos. Reparo en que no tenemos señal para “no te he entendido”.

Entramos en una especie de colonia de viviendas sencillas. Son cúbicas. Blancas. De un solo piso. Parecen de una sola habitación, y no muy grande. Algunas cuentan con una vallita delante, protegiendo cactus llenos de espinas rectas y largas. Pinchan. Aparcamos bajo un tejadillo. Bruno se va a ver una casa en la que vivió hace más años de los que quiere recordar. Deambulo, alejándome de los cubitos blanqueados. De repente, una figura se acerca a mí. Alto. Barba cana. Rostro enrojecido al estilo cangrejo. Procede de una casa algo más apartada. Habla con marcado acento germano.

- Hola. ¿Es una Urral? Es distinta a las que conozzco. ¿De qué anio ess?
- Hola. Sí que lo es. De este año.
- ¿De verrdadd? No lo parrece. Perro ssuena como una. Y ssuena muy bienn.

Se llama Thomas. Sesentaitantos. Alemán. Hablamos sobre las Urales. No le gustan las Harleys. Prefiere las líneas más clásicas. Tiene una custom de 125 a la que le ha hecho algunos cambios para que resulte más cómoda. Está pintada con un color muy efectivo a la hora de disimular el polvo del desierto. Un azul lánguido metalizado. Parece que tenga purpurina. Muestra gran pasión por la Ural y su sidecar. Le sugiero comprar una. Ideal para él y su esposa. Sobre todo aquí.

- No. Yo ya tengo mi verrdaderro clássico.
- ¿Sí?
- Sí. Triumph. UN Triumph. UN Triumph.

Remarca con énfasis el “un”.  Abro los ojos, mostrando que he entendido. Triumph Spitfire de 1973. Color “British Racing Green”. Ha restaurado motor e interiores. Su esposa ha retapizado en cuero el habitáculo. Es precioso. Abrimos el capó. Enciende el motor. Suena perfecto. Todo el motor es de fácil acceso. Lo acelera. Obedece sin una sola sacudida. Thomas está orgulloso. Se le ve disfrutar con tan sólo acercarse al coche. Nos sonreímos. Sabe que siento lo mismo con la Ural. Aparece Bruno. Admira la creación del alemán. Parece maravillarse y disfrutar. Creo que está fingiendo. Lo averiguaré.

Ya en el camino, le pregunto qué le ha parecido el coche. ¿Cuál, el descapotable ese verde guardia civil? Fingía, es obvio. Chasqueo la lengua. Bah, escritores.

San José. Llegamos. Esta población no nos convence. Hace menos de cuatro años que Bruno pasó por aquí, y ya es irreconocible. Ultra-turística. Queda apenas hora y media para que comience a anochecer, hay que decidirse. Además, ya rodamos con la reserva del depósito. Nos informan vía sms de tormentas e inundaciones en el resto de la península. Todo el mundo ve el cielo negro, menos nosotros. Literal. Las montañas de alrededor nos ocultan el horizonte nublado. Sobre el mar, sólo azul. Decidimos buscar refugio en Las Negras. A poca distancia de aquí.

Sólo hay un hotel abierto en Las Negras. Diseño minimalista. Muy fashion. Mercedes y Porsches aparcados en la puerta. No es buena señal. Piden más de 90€ por la noche. No incluye desayuno. Pero tiene una vista magnífica. Nos muestran la habitación, tratando de convencernos. La ventana es apaisada, panorámica. Toda de una pieza. A través se ve el cielo y el mar. Nada más. Ni siquiera arena. Agradecemos la insistencia que nos brinda, pero no nos quedamos.

Asumimos que toca saco y tienda. Acabamos en el camping La Caleta, escondido tras un brazo de la montaña que se adentra en el mar. La carretera es del ancho de un coche. Toca subir la cuesta en primera, y bajarla en la misma marcha, con los frenos apretados. Curvas de 180 grados y radio casi nulo. Cuidado. Nos atienden amablemente. Pedimos parcela, sin luz. Podemos escoger la que deseemos. Apenas hay gente. El camping es enorme. Para 1.200 personas. Pero hace un par de días que se fue todo el mundo. Reina la sensación de fin de verano. La chica de la recepción huele a melancolía.

Montamos tienda. Colocamos el equipaje dentro. Salta la alarma. No está el bidón con la gasolina extra. Me lo olvidé en la parada de repostaje en Murcia. Tres veces mierda. Mierda por olvidarme el bidón del tamaño perfecto para el maletero. Mierda por perder la gasolina al precio que está. Y mierda por estar ya usando la reserva. Aflora el Bruno Zen. Vamos a por gasolina. Pedimos detalladas instrucciones a la recepcionista del camping acerca de la gasolinera más cercana. Campohermoso. A 14 Km. Bruno pregunta la autonomía que nos queda.

- Unos 18 kilómetros.
- Ah, bueno.
- Hay que añadir el error de cálculo del lugareño.
- Ya. Y en este caso, ¿de cuánto es?
- 7 Km.
- Vaya.

Creo que cuando pides indicaciones de este tipo a nativos del lugar te dicen una cantidad inferior a la real para animarte. Es una muestra de simpatía. Comparten su optimismo contigo. Siempre pasa. Estoy convencido. Estés donde estés.

Nos ponemos en marcha. Ya es de noche, y baja la temperatura. Cuesta arriba. Cuesta abajo. La luz del faro chisporrotea y se funde. Fenómeno. Que nadie mencione el riesgo de lluvia. Ya tenemos suficiente. Conduzco despacio. Las carreteras de la zona apenas están pintadas. Las luces de posición iluminan tan sólo unos seis metros alrededor de la moto. Eso, si están animadas. Establezco una apabullante velocidad de crucero de 35 Km/h. Pienso en todas las cuestas que nos quedan. Hay que jugar bien la baza. Subiendo, en tercera, con el mínimo número de revoluciones. Bajando, reteniendo lo mínimo posible, y dejando que la moto caiga por su propio peso siempre que pueda. Aprovecho los últimos metros de las bajadas con el embrague apretado. Bruno protesta por el frío, silba para espantarlo. Yo, concentrado, no noto nada.

14 Km. Ni rastro del pueblo. 16 Km. Se ven unas luces. La moto pega su primer tirón. Bruno se calla y mira al motor. Me imagino su cara. Sabe que si nos quedamos tirados, va a ser él quien se patee el camino. 18 Km. En las afueras del pueblo. Segundo tirón. Tomamos la rotonda y salida indicadas. Ni rastro de la gasolinera. Pregunto a una mujer. Todo recto. 19 Km. La moto sólo tiene unas gotillas de combustible en los filtros. 20 Km. La gasolinera. Último tirón de la moto. Piso el embrague a fondo y apago el motor. La moto rueda en silencio hasta quedar bajo el techo de los surtidores. Llegar, hemos llegado. Me bajo, beso a la Ural en la tapa del depósito y la empujo hasta el anodado gasolinero, quien me espera manguera en mano. 20,5 Km marca el contador.

Llenamos depósito y un bidón recién adquirido. Decidimos cenar en San José, pero antes pasamos por un cibercafé, aquí en Campohermoso. No podemos seguir hacia el sur, así que será mejor saber qué tiempo nos vamos a encontrar hacia el oeste. Diluviará. Consternados, debatimos durante la cena. Bruno consulta a Rey Trueno, para saber qué hacer. Nos indica que “avanzar siempre, retroceder jamás” y que “atravesemos el ojo del huracán”. Nos apoyará con un conjuro para que nos vaya bien. Se lo agradecemos. Terminamos de cenar, y ponemos rumbo al camping.

Con esto de que es de noche, sin iluminación adecuada, y ayudados por la falta de precisión de los carteles locales, nos perdemos. Bruno no es de mucha ayuda. Hipnotizado por las lineas de la carretera, fantasmales en la oscuridad y débilmente iluminadas, no responde a mis preguntas. Trato de orientarme con el perfil de las montañas contra el cielo estrellado. Reparamos que tenemos un edificio al lado. Increíble. El Bar de Joe. Lo hemos encontrado. Está aquí. El lugar en el que la leyenda sitúa las cenizas de Joe Strummer. En medio del desierto de Almería, y hemos llegado a él. El destino nos ha traído. Lástima que el destino no sepa leer, porque el cartel de la puerta lo dice muy claro. Lunes, cerrado.

Tarde y con frío, pero sanos y salvos llegamos al camping. Directos a dormir. Bruno ronca a los pocos segundos. Saco la linterna, y leo.

Casi un capítulo después, me duermo.

Sidetour 08 – día 2

Despierto. He soñado con la cara de un zorro naranja y blanco. Por ojos, discos en espiral de esos usados en las películas para hipnotizar. Sujetaba una pajita flexible y larga. No sé si sorbía por ella. De detrás de la cabeza le salían lineas plateadas de luz a modo de rayos.

Me levanto. Fuera hay luz. Las 10:30. Bruno duerme. Ronca. Apenas me enteré ayer de su vuelta. De lo que sí me enteré es de la vuelta de los huéspedes contiguos. Ruidosos y paredes finas. Agarro la bolsa de herramientas y bajo. Hace un buen día.

Ayer la moto volvía a casi calarse al ralentí. Me pongo con ella. Saco las bujías. El entrehierro está bien a simple vista. Medido con la galga, también está correcto. El color es principalmente marronáceo. Ligeramente hacia el negro. No está mal de color. Caliento la moto. Enchufo el vacuómetro. Hum. Los carburadores no están tan ajustados como podrían. Aprovecho a subir un pelín el ralentí y resincronizarlos. Es verdad que una vez aprendido cómo hacerlo no se tarda nada. Intento revisar el filtro del aire. No tengo llave del tamaño adecuado para desmontar la tapa. Cachis. Aparece Bruno. Compraré la llave en la primera ferretería que vea. Nos vamos a desayunar.

Café. Tostada. Él una barrita a la plancha con tomate. Comentamos lo de ayer. Acompañó a los músicos de vuelta a la boda. Hora larga después seguían tocando. Bruno volvió a la habitación. Se durmió rápido, aunque tiene la desasosegadora sensación de que alguien ha entrado en nuestra habitación mientras dormíamos. Casi. Los vecinos en la suya, pero como si lo hubieran hecho en la nuestra, vamos. Hablamos de la posible ruta de hoy. Acordamos ir a tirar algunas fotos sobre la N-301. Después ya veremos.

Recogemos, liquidamos la cuenta. Mientras encajamos la carga en el sidecar sale una pareja del hotel. Ella, una de las novias de ayer. Pelo castaño, veintipocos, rostro redondeado. Lleva un aparatoso vestido blanco mal doblado en una bolsa. Él, el novio, creo. Camina un par de metros detrás, con rostro anodino. Trato de mostrarme cordial y simpático. Muestro una sincera sonrisa.

- Tú te casaste anoche, ¿no?

La novia frunce el ceño con cara de rottweiler enajenado.

- Sí, hijo. Sí.

Me callo.

Terminamos de empaquetar en silencio. Reflexiono. Eso de casarse en un hotel de carretera es muy cinematográfico, desde luego. En plan Las Vegas, como el inicio del viaje. Salimos a la carretera. Toca fotos. No hace falta recorrer mucho. Los primeros edificios a la vista son el estado general de la carretera de la desesperanza.

Gasolinera con bar y taller. Enfrente un almacén de algo. Ya no queda ni el cartel. Alrededor había más bares y algún que otro motel. Tenían rejas. Han sido cortadas. Todo está mugriento. Da la impresión de haber sido un abandono abrupto. Simplemente un día ya no se abrió más. No hubo aviso. Sin planificación. Imagino la siguiente llamada telefónica a la casa de un trabajador cualquiera de la zona:

- ¿Diga? Hola.
- Mañana no abrimos.
- Ah. Descansamos.
- No. Cerramos para siempre.
- Pero, ¿y?, ¿qué hago con las llaves?
- Lo que te dé la gana. Qué más da. Tíralas al río.

El asfalto alrededor de la calzada es tierra suelta. La moto levanta mucho polvo. Por el suelo, ladrillos y cristales, trozos de plástico y latas aplastadas de cerveza y refrescos. Lo que queda está demasiado roto como para valer algo. O está fijado al suelo. A pocos metros hay un cobertizo. Tiene pinta de estar aún algo entero. Subimos a la moto. Nos acercamos. Cámara en mano. Doblamos la esquina y hacemos entrada. El tiempo se detiene.

Cinco hombres nos miran. Claramente del Este. Cara de muy pocos amigos. Uno lleva una radial. Otro una cizalla roja de buen tamaño. El resto martillos, sierras, palancas, guantes. Algunos sujetan un pitillo en la boca. Todos sudan. Tras ellos, una furgoneta y un remolque. Asoma algo similar a un surtidor. Aguardaban. El menos amistoso se encara hacia nosotros. Da un par de pasos hacia nosotros. Mira la Ural, mira la cámara, nos mira. Está tenso. Están tensos. Estamos tensos. Sin ser consciente, abro la boca.

- Anda. Hola. Dios, qué curro. ¿Necesitáis ayuda?

Sorpresa. Les cambian las caras. Creo que me han entendido. Planto la cámara a Bruno en el pecho, engancho primera. Salimos a toda leche. A poner kilómetros por medio. De vez en cuando Bruno se gira para comprobar que somos los únicos en la carretera. Cuando llegamos al primer desvío, parece una buena idea abandonar la N-301. Aunque sea durante un rato. Es una vía que va al noreste. A Tarazona de la Mancha. Tomada. Un cartel poco algo más adelante informa del conjunto histórico digno de visita de Tarazona. Nos relajamos.

El paisaje es llano. Muy plano, planchado en una tintorería. Tarazona es visible al frente. Al fondo, al norte, tormenta. Al este, sur y oeste también. Todo a lo largo del horizonte se ven nubes negras y oscuras. Estamos en un hueco circular de cielo azul.

Aterrizamos en Tarazona en plena hora punta. Plaza Mayor. Salida de misa. Todo el pueblo está allí, repartido entre el pórtico de la iglesia, y la puerta del bar. Todos nos miran. Somos la noticia del mes. Bruno confiesa sentirse como si fuera el que sale del super-coche al inicio de los dibujos de la Pantera Rosa. Hay mucha actividad, niños jugando. La panadería-confitería está abierta. Todos visten de domingo. De la iglesia sale un matrimonio joven. Acaban de bautizar al bebé de ambos. Congeniamos con un paisano, fanático de las Ural. Las conoce. Refrigerio con él en el bar. Ya tiene una BMW, y su mujer no vería con buenos ojos la compra de un sidecar. Con el quad debería ser bastante. Es para ir y venir cada día por los campos de labranza. El dueño del bar, luciendo camisa hawaiana, interactúa. ¿Venimos de muy lejos? ¿Vamos a un destino muy distante? ¿De dónde somos? ¿Por qué estamos en Tarazona? ¿Nos quedaremos esta noche? Pregunta, consciente de ser quien más tarde informará a los demás. Cumplimos e intercambiamos admiraciones varias sobre la belleza de la Plaza Mayor.

Breve visita al interior de la iglesia. Venden recuerdos del bautizo y objetos varios con emblemas cristianos y efigies de santos. Llaveros, colgantes, broches y estampas. El órgano parece recién restaurado. Queda pendiente verlo con calma en alguna visita futura. Apartamos a los chavales arremolinados en nuestra ausencia alrededor de la moto, y seguimos viaje.

No hay que volver por donde vinimos. Siempre avanzar, nunca retroceder. Máxima que cita Bruno de vez en cuando, a imitación de un tal Pájaro Estoico. Ya me contará qué es. Pasamos por Mahora, y rumbo de nuevo a la 301. Bruno vuelve a dormirse en el sidecar. Hoy parece no roncar. Fascinante.

Bordeamos Albacete. A partir de ahí la N-301 discurre casi conjuntamente a la autovía. Eso no libra de seguir encontrando bares arruinados, paradas de autobús obsoletas, estaciones de tren abandonadas. A nuestra espalda, el círculo de cielo azul se empequeñece. De vez en cuando el viento trae en el aire el olor a tierra mojada. Al poco de pasar Pozo Cañada paramos a comer. Sacamos la navaja y uno de los regalos efectuados por el Comité de Despedida. Dos latas de sardinas y una barra de pan. En unos segundos queda convertido en sendos bocatas de buen tamaño. Rebañamos el aceite de las latas con los picos de la barra. Huele a tierra mojada, el monte al noroeste está oculto bajo grises columnas de agua, y se oyen los truenos.

La tormenta nos alcanza a unos 100 Km de Murcia. En pocos momentos hace un frío tremendo. No llueve. Graniza. Entre el hielo que cae, y el aire que la hincha, se raja la capa de agua que me mantiene seco. El granizo moja, pica y duele. El cuero del sidecar se empapa. El viento es fuerte. Me agoto. Conducir en estas condiciones consume rápidamente mi energía. Hay que ser extremadamente cuidadoso. La carretera se cubre con una capa fina de agua y trozos de hielo. Ni un despiste. Concentrado. Ni una frenada en falso. Tenemos suerte. La tormenta tuerce hacia el norte. El sol sustituye violentamente a la tormeta y la temperatura sube a casi 30ºC tan rápido como ha bajado. Empapado como estoy, sudo abundantemente. De Bruno sólo se ve de los ojos para arriba. Más tapado no puede estar.

Llegamos a Murcia justo andes del anochecer. No puedo conducir más. Bruno hace un par de llamadas. Resulta que una de sus amistades nos presta casa por esta noche. Lo agradezco profundamente. Nos recomiendan tres lugares para cenar. Los dos primeros cerrados. Acabamos en La Parranda. Cena opípara. Gran parrillada de verduras, como no puede ser menos en Murcia. Mientras cenamos, la calle parece el trailer del Diluvio Universal. Cae tanta agua que apenas se ve a un par de metros. Termina a la vez que nosotros. Nos vamos a dormir.

Hoy encuentro mi libro rápidamente. No leo ni media frase. Me duermo.

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