Boca pastosa. Lengua adormecida. Chasqueo. He dormido con la boca abierta. A mi izquierda, mesilla, cama de Bruno, armario hotelero de rigor, pasillo y puerta. El no molestar cuelga por fuera. Bruno, dormido, pelea con las sábanas-pitón. Va perdiendo. A mi derecha, la gran ventana que sirve de puerta a la terraza de la habitación. No hay paisaje. No hay vistas. El balcón es el fondo del patio del edificio, paredes pintadas de azul claro, de piscina vacía. Los aparatos de aire acondicionado gotean.
Bruno ronca. No ha dormido muy bien. Su estómago no ha aguantado la digestión del chino. Harto de estertores ha necesitado Omeprazol para poder descansar.
Ducha y ropa limpia. Hoy toca. Regreso a la habitación. Bruno masculla algo. También tiene la boca pastosa. No parece muy capaz de reaccionar. Recojo y empaqueto. ¿Seguirá la Ural dónde la dejamos anoche? En la puerta del hotel, y en plena acera. El conserje prometió vigilarla. ¿Lo haría? Estoy algo inquieto. Finalmente Bruno se pone en marcha. Bajamos a desayunar.
Piscina privada, bar, solarium y restaurante está todo en la misma planta. Me sorprende la distribución de edad de los huéspedes que vemos. Jóvenes de veintipocos o adultos más que maduros de sesenta en adelante. Ni rastro de edades intermedias. Salvo nosotros, la única excepción. Nos miran sin disimulo. Siento un inquietante cosquilleo. Bruno, no sostengas la mirada a nadie.
El desayuno es bufé libre. Algo de repostería, algunos tipos de pan, frutas, huevos revueltos, bacon, café. Dudo de la frescura de los alimentos. El pan está algo duro, la fruta un poco blanda. El café demasiado diluido. El zumo es tipo Tang. Los huevos y el bacon rezuman aceite recalentado. La cara de Bruno es autoexplicativa. Ya tuvimos suficiente con la cena de anoche. No arriesguemos más. Desayunamos lo menos perjudicial. Con algunos panecillos guardados en los bolsillos decidimos la ruta.
Tánger. Apetece. Consolidamos la idea de saltar a África. De Málaga a Tánger, de Tánger a Ceuta, de Ceuta a Cádiz. Podríamos hacer algo así. Comprobaré posibles ferrys y metereología mientras te duchas y empaquetas. Procedemos. Bruno se humaniza bajo el chorro de agua. Voy a recepción a usar la conexión a internet. Compruebo que la Ural sigue donde debiera. Está. Intacta y algo mojada. Ha lloviznado por la noche. Vuelvo dentro del hotel. Llego justo a tiempo. Dos histriónicas inglesas de cabello canoso, pamelas y bastones pretenden usar el ordenador. No están muy seguras de si sabrán utilizarlo. El nieto de la más joven acaba de regalarle uno. No cree que sea práctico, no le gusta el color. Y el de aquí además está en un idioma extranjero. Miran con recelo. Así que aprovecho descortésmente la indecisión y me esmero en darles la espalda. Primero yo y luego ellas. Sufrir un retraso por causa de estas dos adorables ancianitas no es una opción para el Sidetour.
Tardo tres protestas, algunos suspiros de hastío y un par de maleducadas maldiciones de las damas en recopilar los datos. Apago el ordenador. Gesto automático. Me gano un par de insultos más. Informemos de las novedades. Bruno, ya estoy aquí. Hola. Viaje a Tánger cancelado, imposible dar el salto. ¿Y eso? El ferry es demasiado dinero si vamos con la moto. Habrá que dejarlo para una próxima vez. Sí. Lástima. Entonces, por la costa.
Con ganas aún de salir del país, paliamos nuestra desilusión con la idea de pasar por Gibraltar. Ya veremos. Cargamos la moto y partimos.

Sol. Aire cálido y agradable. El viento nos regala un revitalizante olor a mar. La carretera es sinuosa, de esperar en una de costa. Apenas hay tráfico. Permite rodar tranquilos. Momentos como éste me llevan a necesitar creer que el estado natural del ser humano es nómada. Sentirse bien dejando kilómetros atrás. Sentirse en casa al viajar. Sin destino. Sin más ansia que el progresivo cambio del horizonte. Bruno se duerme.
Llegada a Marbella. Logramos no entrar. La circunvalamos. Tras una valla de alta seguridad llena de cámaras y amenazas de descargas eléctricas, hay una plazuela. La puerta está abierta. Es una tentación. El guardia de seguridad distraído. Giro el manillar y nos lanzo dentro. Bruno saluda al de seguridad al pasar. Mira sorprendido. Detengo la Ural en el centro de la plaza y miramos alrededor. Rolls Royce, Bentley, Aston Martin, Morgan. Apago motor. Bajo de la Ural. Que se vea bien, y entro directamente a la tienda de Morgan. Hola, buenos días, quisiera información sobre el Morgan que tienen aquí expuesto. Un momento caballero, que llamo al encargado. La cara de Bruno expresa dudas de cuánto tiempo lograremos estar aquí hasta que nos pateen fuera. Él ojeroso, pálido y sudado. Fácil pensar que está de resaca de estupefacientes. Yo sudoroso, con chaqueta y pantalón guarreados, manchado de grasa de motor y uñas roñosamente negras.
Fuera hay cuatro hombres rodeando la Ural. Comentan, discuten y señalan diversas partes de la moto, en especial el motor boxer. Cómo no lleva el logo de la marca, no saben cuál es. Por los gestos, parecen creer que es una BMW de la Segunda Guerra Mundial. El que más gesticula enfila hacia nosotros y entra en el concesionario.
Algo más bajito que yo, va super-mega-chuli-engominado. Repeinado con perfección para pasar cualquier túnel de viento. Indicativo claro de que sus clientes corren con el coche. Rubio mezcla de castaño ligero y algún rubio natural de bote. A mechas. Viste de tonalidades suaves y apasteladas. No repite ningún color. Pantalones azul marino amortiguado. Zapatos marrones, naúticos. Cinturón negro mate. Camisa amarillo crema. Corbata que ni verde ni azul, mortecina. Chaqueta verde discreto. Anillo de casado, oro blanco. Él por entero expresa sometimiento. Es el encargado.
- Buenos días, me comentan que tiene cierto interés por un Morgan, ¿en qué puedo serle de ayuda?
No tiene pinta de creer que estemos en una Misión de Dios. No cometeremos el mismo error que en la Warner. Comienzo a largar lo que se me va ocurriendo. Vehementemente. Enfatizo el conflicto que tengo con la oficina central. El próximo viaje quieren que sea en un Hurtan. Pero eso no nos convence. Queremos un Morgan de verdad. Pido datos, muchos datos. Capacidad del depósito, láminas de las ballestas, factor de compresión, relación de la transmisión. Me abren el motor. Lo examino con verdadero interés y detenimiento. Salpico mis preguntas con pincelas de los viajes de Bruno por China, Rusia, Irak. Saco la linternita. Examen de los carburadores. Bruno da cancha. Intercambiamos comentarios de un supuesto viaje en camión de 1932, ése de hace dos años y que tanto gustó a Redacción. Apreciamos las similitudes entre ese motor y éste. Pruebo un manguito del vacuómetro. Leches. También vale para un Morgan. El manual no exageraba. Solicito permiso para examinar el motor desde abajo. Concedido, al suelo. Fantástico, qué fácil acceso a la totalidad del motor. Llega la pregunta clave. ¿Podemos probarlo? Reticencia. Tensión.
- Sí, claro.
Bien. No me piden ni la documentación. Conduzco, Bruno de acompañante, y el encargado encogido en el escaso hueco trasero en posición fetal. Un frenazo y se clavará los dientes en las rodillas. El coche es impulsivo, y más con las botas de motero. Reacciona muy rápido. No hay hueco para el despiste, puede ser brusco fácilmente. Traga gasolina como un energúmeno. Mucho tapizado de cuero, mucha caoba en el salpicadero, pero este coche necesita una carretera para él solo. A exprimir todo lo que se pueda. El encargado se preocupa, lo devolvemos. Regresaremos a por el coche si a la Oficina Central le convence. El encargado nos comenta que si nos llevamos esa misma semana el que está en exposición, nos hace un 15% de descuento. Tuerzo el gesto. Qué grosero. Nosotros no hemos hablado de dinero en ningún momento.
Seguimos viaje. Bruno dormita.
Repostaje en Estepona. Procedo al pago de la gasolina. A mi regreso, Bruno, que no ha salido del sidecar me mira con los ojos abiertos y mueca de extrañeza. Cada vez se siente más unido a la moto, a sus sacudidas, a sus sonidos. Y comienza a preocuparse por ella. Fruto de su incipiente cariño ha querido comprobar la temperatura del cilindro mediante el método del salivazo. Reuniendo toda la saliva y aire posibles, con esfuerzo y concentración, ha escupido sobre el cilindro derecho. Pero no ha levantado la visera. Ahora, el salivazo se escurre lentamente a favor de la gravedad por el interior del casco, goteando densamente cual sangre de Alien cercenado. Con mirada infantil me mira inquisitivo. No comprende por qué no ha funcionado. Mi respuesta es un ataque de carcajadas. Bruno, sonrojado. Nos haya pasado a todos. Llega un momento en que te olvidas del casco. No parece consolarle. Me tranquilizo con esfuerzo, y continuamos. El sonrojo aún le dura a nuestra llegada a Gibraltar.
Hay retención en la entrada. Paciencia. Convenimos en hablar sólo en inglés mientras estemos allí. Hay que integrarse. Llegamos a la línea pintada en el suelo. Fin de España. Unos cinco o seis policías nacionales nos miran. Uno de ellos nos saluda. Le saludamos de vuelta y pasamos la raya que marca suelo británico. Oímos gritos a nuestra espalda. La agente de fronteras nos da el alto y señala hacia el puesto español. Paro la moto y nos volvemos. Desde la línea española y sin siquiera pisarla, el amable policía del saludo nos grita.
- Coño, podríais por lo menos hacer amago de enseñarme algo ¿no?
- Ah. Pensábamos que nos saludaba. Cómo nos saluda todo el mundo. ¿Qué quieres ver? Es bonita la mires por donde la mires.
- El pasaporte, joder, el pasaporte.
- Ah.
Sin deshacer lo más mínimo nuestro cambio de nación, sacamos el pasaporte y se lo mostramos desde territorio británico, cerrados. El policía español sacude la mano, desiste. Se vuelve con sus compañeros. Interactuamos con la agente británica. Hablo en castellano, pero con acento inglés, para asegurar el entendimiento. Ella se esfuerza en contestar con perfecto acento andaluz. Increíble. Pasaría por nativa de La Línea.
- Buenos días, agente. ¿Me puede sellar la agenda?
- ¿La agenda? No. Sólo se puede sellar el pasaporte.
Me muestro apesadumbrado. No puede ser. Inconcebible. Es muy importante. Estamos repitiendo el viaje que hizo mi abuelo a finales de 1944 sobre esta misma moto. India, Iberia, Islas Británicas. Mombasa, Gibraltar, Gales. Él tenía su libro de viajes completamente lleno de sellos. Espere agente, que se lo muestro. No me deja acercarme al maletero. Suspira, con cierta carga de incredulidad, y toma mi agenda. La sella. Nos adentramos en la colonia.
Cuarenta y cinco segundos después, se acaba Gibraltar. El mar. Una rotonda, dos calles para vehículos, una peatonal e infinidad de gasolineras. No hay más. Si por lo menos midieran en kilómetros les parecería más grande. Hay suerte, hueco en el aparcamiento. Cogemos lo indispensable y vamos a la calle peatonal, en busca de un fish’n’chips. Es la hora de salida de los colegios. Uniformes harripotienses por doquier. Bruno no deja de repetir lo friki que le resulta éste Hong-Kong español. El cambio de país es total y completo. Cambia el idioma, el acento, el operador telefónico, y hasta el fenotipo. Está claro, las mujeres de aquí son británicas, de la rama de las turistas-cangrejo. Buscamos el pub más prototípico que podamos.
Andamos poco. Entre las sombras de una esquina hay lo que buscamos. Interior cargado de humo, muebles oscuros, vitrinas polvorientas, tele con la liga de fútbol inglesa, tragaperras con señora adosada, punki tatuado y acento indescifrable, gótica novia de punki, anciano arrugado con una botella de oxígeno. La alterna con una pipa de fumar tan vieja como él. La dueña es parca en palabras y arisca en gestos. Saliendo de la barra nos amenaza preguntándonos qué tomaremos y si pagaremos en euros o libras. Esterlinas, matiza. Bruno va a decidir por los dos. Yo estoy inquieto por la moto. Un par de tipos en derredor me hacían temer por nuestra maleta exterior. Voy a ver.
Desde la moto se ve un bobby. Supongo que será el bobby de Gibraltar. Interactúo. Buenas tardes, verá, quiero saber si es muy inconveniente dejar la moto ahí, no es que tenga un gran valor, es principalmente sentimental, era de mi abuelo y estamos repitiendo con ella un viaje que él hizo, lo llamó el viaje del Imperio, sí, un viaje largo. Escucho con atención el acento del policía. A ver si acierto. Sí agente, el viaje era Mombasa-Gibraltar-Cardiff, ah, ¿ud. es de cerca de allí?, qué casualidad, ah, ¿y de verdad no le importa vigilarla mientras comemos unos fish’n'chips?, gracias, qué amable, estaremos en ese pub de ahí, y gracias de nuevo. Dejo al amable bobby silbando y dando vueltas a su porra mientras camina en círculos alrededor de la moto.
Comemos. No es gran cosa. Bruno cerveza, yo agua. Cierro los ojos y me abandono a la marea de sonidos que llegan. Musiquilla de la tragaperras, blasfemias de la jugadora, toses del anciano, maldiciones varias del punki, aseveraciones de su novia, bruscas preguntas de la dueña a sus feligreses. A menor volumen, tránsito de peatones en la calle, comentarios sobre compras de los turistas, música de alguna tienda cercana. Débil, el ruido de una calle con coches. Suena muy distinto. La diferencia a ambos lados de la frontera es radical. Pagamos. Nos vamos.
Bruno desea ver los monos. Conduzco hasta casi llegar a ellos. El último tramo es de pago. Resolvemos no hacer gasto, por muy británicos que sean. Bruno les lanza unos caramelos desde donde estamos. Ni caso. Abandonamos el país. Intento repetir lo del sello en la reentrada a España. No tienen nada con lo que sellar, y sí mucha mala leche con el atasco que hay montado. Armados de paciencia, esperamos.
Circunvalamos Algeciras. Bruno cae profundamente dormido. Tengo curiosidad por saber qué recordará de todo el viaje. Él lo llama instrospección. Yo, roncar.
Superamos Tarifa. Inmediatamente todo cambia. El viento del Atlántico golpea, literalmente. Frío, fuerte, cortante. En lo alto del puerto no hay dónde refugiarse. En la carretera de bajada tampoco. La temperatura baja drásticamente. Vemos que efectivamente sobre nosotros hay cielo azul. Es el centro de un anillo de pocos kilómetros de radio. En el borde de ese anillo llueve intensamente. Llueve sobre el Atlántico, y el viento trae ese frío y lo arroja con saña. Paramos a tomar un café y ajustarnos las chaquetas.

La pausa es en Casas de Porros. Sacamos el Mapa. Definamos ruta, para ver dónde nos refugiamos hoy. Quiero pasar por Sevilla. Bruno se resiste. Una visita a Al-Alandalus Choppers es obligada. Quiero conocer a Dr. Ángel. Y necesitamos un par de repuestos. Bruno accede. El plan es entonces acercarnos lo máximo posible a Sevilla hoy, para mañana emplear el menor tiempo posible en el asunto. Seguiremos por la costa a todo trapo y a ver dónde caemos. Hacemos kilómetros y kilómetros. Disfruto del silencio y las cosechas de aerogeneradores.

Se incrementa gradualmente la cantidad de aficionados a las motos. Jerez está cerca. Más saludos de lo habitual. Más fotos. Más comentarios. Más veces nos ceden el paso. El viaje es entretenido. Con los primeros cambios de color del ocaso llegamos a la ciudad de Cádiz. Me gusta esta ciudad. Es costera, es de playa. Pero muy diferente a todas las otras que hemos atravesado, grandes o pequeñas. Cádiz tiene cierta armonía arquitectónica. Es agradable circular por ella. En un alarde de destreza, nos perdemos. A la tercera vez que pasamos frente a la catedral entendemos que esta ciudad tiene forma de piruleta. Damos vueltas alrededor del casco antiguo sin ver la salida. Que esté en obras no ayuda mucho. Solicitamos algo de ayuda a los nativos y nos orientan adecuadamente. Recorremos la ciudad una vez más. Me ratifico. Cádiz me gusta.
Anochece según abandonamos la ciudad. Torcemos hacia Sevilla. Rodaremos hasta que no podamos más. Tomamos la autovía, por dos razones. Uno, hace más calor en ellas que en otras carreteras. Dos, está iluminada por farolas y por los vehículos. Nuestra luz frontal sigue sin funcionar. Las de los demás ayudarán. Sabemos que el frío y la oscuridad acabarán rápidamente con las energías que nos quedan. Las reservamos guardando silencio y concentrándonos en la carretera.
Nos agotamos en Jerez. Fin de la etapa de hoy. Por casualidad nos detenemos en un Ibis. Queda una habitación libre. La ocupamos. Es enorme. Parece un camarote. Bruno me cede la gigantesca cama principal. Él se adjudica la retractil, que se esconde bajo un armario de cajones falsos. Argumenta que soy el piloto y he de descansar en condiciones. Acepto su argumento, y sonrío. La cama escamoteable le hace ilusión. Así sea. La habitación huele a desodorante industrial. Nos vamos a cenar al centro. Debatimos las consecuencias semánticas del par “abierto-cerrado”. Para Bruno, “cerrado” no existe sino como indicativo de posición, igual al de “abierto”. Para mí, se puede resumir en “[abierto,cerrado[” y es función continua. Tras cierta polémica, acordamos que es lo mismo. Respiro tranquilo, el sidecar no tiene puerta que puedas abrir o cerrar.
De nuevo en el hotel. Bruno actualiza su blog. El ordenador de recepción está encendido y con la conexión habilitada. Hay plantas grandes cerca. Son falsas. Las desplazo para que le oculten y el encargado no le vea. Da igual. Al recepcionista le importa poco. Frente a la habitación hay una mujer con una bandeja en las manos. Carga con la cena para dos personas. Es huésped. Golpea la puerta con la cabeza. Toma un respiro entre golpe y golpe, para suavizar el dolor. Los vasos se sacuden peligrosamente. ¿Necesitas ayuda? Sí, gracias, no me oyen dentro. Cierro la mano y llamo decididamente con los nudillos. Cuatro sonoros golpes secos. Contesta una voz. Gracias. De nada. Entro en nuestra habitación.
Busco mi libro. Anoto mentalmente repasar la moto mañana. Me duermo.