Día 0. Preparación del viaje.
Por motivos laborales, me tocaba estar en Córdoba el día 20 de Junio, y teniendo un amigo por allí al que le encantaría ver la moto, decidí viajar en ella. Un viaje de esas características excedía con mucho las recomendaciones de rodaje de la máquina por kilómetros y velocidad. Con lo que quedaba una opción, hacerse el rodaje en un solo día.
Hmmm. Quizás fuera mejor hacerlo en dos. Si el rodaje tenía que ser de 500 Km y la velocidad recomendada para hacerlo era a 50 Km/h, salen muchas más horas de lo que yo podría aguantar sin estar habituado. Lo mejor era dividirlo en dos días, a 5 horas de viaje cada uno.
Puestos a darnos la paliza sobre la moto, el recorrido estuvo claro. Carreteras que yo conociera bien, para evitar sobresaltos y minimizar los imprevistos. Esto nos llevaría a Ávila a través de la mitad occidental de la Sierra del Guadarrama. Ahora, eso sólo nos daba 120 Km de recorrido. Habría que seguir haciendo kilómetros.
Viajar hasta que anocheciera y detenernos a la puesta de sol pareció una idea muy cinematográfica.
Día 1. Carretera a la puesta de sol.
Viernes. Siendo un día de esos laborales a medias, se sale antes de trabajar, por lo que pude pasar a recoger a la mona y poner rumbo a nuestro destino. Y rumbo es lo que pusimos, pero casi no ponemos otra cosa. Lejos de poder alcanzar las condiciones de circulación adecuadas, nos costó más de una hora salir de la ciudad. Todo madrileño con ganas de salir a la hora de la comida había decidido que salía de la ciudad por el mismo sitio que nosotros. Y atascadísimos estábamos. Parados, ralentí, primera, un poco de avance, parada, punto muerto, ralentí. ¿Merece la pena apagar el motor? Antes de poder pensarlo, a avanzar de nuevo. Y el motor calentándose.
Comenzaron entonces mis primeros descuelgues, al lado izquierdo de la moto, para leer el termómetro del aceite del cárter, apoyado sobre el estribo izquierdo y bien agarrado al manillar. La aguja subía y subía. Sudaba yo más por el incremento de temperatura del aceite que por llevar la chaqueta de cuero a pleno sol. Finalmente, a eso de las 17:00h pudimos superar la rotonda causante del atasco, y lanzarnos por la Autovía de los Pantanos. Lanzarnos a 50 Km/h, claro.
De fábula. La moto rodaba adecuadamente, con las vibraciones características de un motor aún no rodado. Con un tacto no tan suave como sería deseable, pero desde luego, con energía y decisión. Lo que más me llamaba la atención era el sonido de las levas y balancines. Una mezcla entre ta-traca y chiqui que me hacían creer estar subido a la máquina de coser a pedales de mi abuela. Juro que suena igual.
Primera parada, Plaza Mayor de Quijorna. 10 minutos de descanso. Comprobación de la temperatura del aceite. Correcta. Comprobación de la temperatura de los cilindros por el rústico método del salivazo. Aparentemente correcta, también. Reposición de líquidos, y a continuar la marcha.
Sin apenas pasar la segunda curva, y con sorpresa y a traición el motor comenzó a protestar. Tosía y se ahogaba simultáneamente. Y tras un decidido prropof-pof ahí que se paró. Tras la extrañeza del comportamiento, procedimos a realizar las operaciones pertinentes. Moto al arcén, señalización adecuada, y comprobación de la moto. No. No era nada extraño. Esta moto no tiene indicador del nivel de gasolina, y era perfectamente natural que hiciera lo que había hecho. Sin combustible como que no funciona. Pues nada, a sacar el bidón de gasolina, volcar el contenido en el depósito, explicar a los coches que se paraban a ofrecer ayuda que estaba todo controlado, y a guardarlo todo.
En breve estábamos rodando de nuevo, y superando el puerto justo anterior a Robledo de Chavela. El paso de la Sierra a través de Valdemaqueda permite disfrutar del intenso olor de los pinos resineros de la zona. Muy recomendable. La bajada desde la Sierra a Ávila es cómoda y agradable.
Segunda parada, café en la taberna Las Murallas, junto a la Basílica de San Vicente, en Ávila y obviamente frente a una de las puertas de las famosas murallas. No estuvo mal. 20 minutitos de descanso, y a seguir.
Tercera parada, junto a la iglesia de Ventosa del Río al Mar. Desenfundamos el bocadillo que nos traíamos desde Madrid para engañar el ya incipiente apetito. Apenas nos quedaba una hora de luz, y el esfuerzo realizado iba haciendo aparecer las ganas de cenar. Es en éste momento cuando la idea tan romántica de cabalgar hacia la puesta de sol mostró su cara oculta. Nariz abrasada. Claro, el casco, las gafas te protegen lo que tapan, pero la nariz está siempre expuesta. Y sin protector, se quema. Apuntado para la próxima vez.
Coincidió la desaparición del Sol tras el horizonte con la llegada a Santa Marta de Tormes, donde pasamos noche en el camping Regio. Tuvimos la suerte de encontrar bungalow, y no tuvimos que plantearnos levantar la tienda, ni alquilar habitación. En el momento de dormir habíamos recorrido unos 220 Km de viaje. Con la vuelta el rodaje estaría terminado.
A la vera de Ventosa del Río al Mar
Día 2. Regreso.
Sábado. Nos despertamos justo para abandonar el alojamiento. Desayunamos ligero, y sobre las 13:30 nos pusimos en marcha. El camino de regreso recorrería la misma ruta a la inversa. A medio camino de Ávila el motor superó los 360 Km, y cambió de comportamiento. Se volvió suave, sin roces ni esos pequeños traqueteos propios de un motor nuevo. Con la misma posición de gas pasó a alcanzar los 60 Km/h, en llano y con la cuarta metida.
Rodábamos ya cerca de Ávila cuando nos desviaron. Las obras de enlace con la A-50 mantienen esa zona en constante cambio. Y llegó la primera sorpresa. Alguien ha pensado que enlazar esa carretera con la que entra en Ávila es apropiado si se hace con una curva ascendente de casi una vuelta entera. La curva es larga, muy cerrada, sin ninguna visibilidad. La arenilla de las obras la mantienen convenientemente deslizante. Y contraperaltada. Han colocado el canalón de desagüe en el exterior de la calzada, y para que el agua evacue la han peraltado hacia el exterior. Sencillamente increíble. Y desde luego un buen cóctel para provocar todo tipo de incidentes.
Señal de 40 Km/h máximo. Por hábito ante lo desconocido, bajo la velocidad a 25. Entramos en la curva. Ésta se hace cerrada, e interminable. El manillar completamente girado a derechas, yo casi sobre el side, y la mona prácticamente buscando flores fuera de la carretera de los descolgada que iba. La moto giraba lo suficiente, pero la arenilla abría la trayectoria. Corcho, la curva no tiene arcén. A este paso, acabamos en el canalón, que la bañera se abre demasiado. Pensemos. Cuando la moto no da el giro suficiente, hay dos maneras de cerrarlo más. Accionando el freno trasero y el del side, o acelerar. Lo primero tira del side hacia atrás, y orienta la moto a derechas. Se pierde velocidad. Lo segundo empuja la moto hacia delante, dejando el side atrás, y teniendo el mismo efecto. Salvo que se gana velocidad.
Pisé el freno. Esto no funciona. La moto se orienta a izquierdas. Freno liberado. Bien, queda la otra opción, dar gas suavemente. 30 Km/h. La moto comienza a girar. No es suficiente. Hemos cerrado, pero la curva no acaba. Más gas. 35 Km/h. La curva no acaba. Comienzo a preocuparme. Sin dar más gas, la moto gana impulso. 40 Km/h. La moto comienza a deslizarse como un patín sobre la arenilla. Nos vamos a salir, eso está claro. El giro es suficiente, vamos en paralelo a los bordes de la calzada. Pero nos deslizamos hacia fuera. 45 Km/h. La curva no acaba. Si nos salimos tal y cómo vamos, volcaremos. Nos estamos trasladando de costado hacia el borde del asfalto, y hay un buen escalón. Comienzo a asustarme.
Entonces decidí que en vez de salirnos de lado y de manera incontrolada, escogería el sitio por donde salirnos. Y lo haríamos de frente dentro de lo posible, para minimizar el desnivel. Bueno, la moto se orienta a izquierdas si reduces o frenas, ¿no? Pero en ambos casos reduces velocidad. Allá vamos. Segunda. Embrague. Freno delantero con fuerza. La moto se orienta hacia el exterior. Parece que podríamos no salirnos. Pisotón al freno trasero. Entonces el freno del side se pone en marcha, y clava la rueda. La moto rota de nuevo poniéndose en paralelo al borde. Ups. Los neumáticos chirrían. Y nos detenemos. Las ruedas de la moto tienen la mitad de ancho dentro de la calzada, y la mitad fuera. La madre.
Respiramos. Alivio. Lo importante que es llevar una velocidad adecuada, y que dé margen. Si hubiéramos entrado a más velocidad, estaríamos en el canalón. Cómo poco. Arrancamos, y a Ávila.
Una pregunta queda rebotándome en el interior de la cabeza. ¿Por qué en el primer intento de frenado la moto se orientó a izquierdas? No tiene sentido. Asegurándome que no hay nadie cerca y que tengo margen suficiente, hago algunas pruebas. En efecto, se orienta a izquierdas.
Llegando a Ávila, caigo en la respuesta. He procedido a ir ajustando el freno trasero a medida que el rodaje se va completando y las pastillas se van acomodando. Pero me he olvidado de las pastillas del side. Tras el bocadillo en Las Murallas, y una agradable conversación con el camarero al que ya sonábamos de algo, reajusto el freno del side. Ningún problema a partir de ahí.
Realizamos una parada voluntaria más, en un pinar poco antes de entrar en Valdemaqueda. Sombra, agua, mucha agua, y descanso de 10 minutos. Daban ganas de quedarse a echar la siesta. Y la merienda, y la cena. Pusimos rumbo alegremente tras el descanso. En horita y media, en casa.
En hora y media sin tener en cuenta que al cruce de la travesía de Navalagamella, tras los gestos apropiados, nos detiene la Guardia Civil. Bueno, llevo todo en regla. El agente saluda formalmente.
Buenas tardes. Buenas tardes, agente.
Y ahí se perdió todo tipo de formalidad y protocolo. Quería ver la moto. Se acababa de comprar una ZZR y tras ver la nuestra, dudaba de haber hecho lo correcto. Así que nos disparó un montón de preguntas. Ventajas de ser Guardia Civil, supongo. Ves una moto que te gusta, y la paras para preguntar. Nosotros encantados, claro. Es muy satisfactorio ver la ilusión tras el brillo de los ojos de los que muestran interés. Una amiga ha bautizado a la moto como “fábrica de sonrisas”. Y ciertamente es lo que hace. La gran mayoría de la gente se gira para mirar, y sonríe. Ojalá fuera así con más cosas.
Tras casi media hora de cháchara, el agente se sintió satisfecho. Y nosotros trotamos alegremente en la etapa final del estreno oficial de la bañera. Rendidos al llegar a casa, sólo iban a quedar un par de días para el primer viaje “serio”. Mucha carretera, 3 puertos y más de 400 Km a Córdoba.

