Verano. Infancia. Playa. Colchón hinchable. Y horas tumbado sobre él, mecido por las olas. Recuerdo después tumbarme en la cama, y notar el balanceo como si siguiera sobre el mar.
Tras bajarme de la Ural al final de cada viaje, la sensación es parecida. Durante cada trayecto, se instalan bajo la piel el ronroneo, el vibrar contínuo y el mecerse con los movimientos del sidecar. Al apearse casi sin esfuerzo notas la moto de nuevo, la carretera, el viento.
Y si nada más soltar la Ural, agarras la 250 y le aprietas la oreja, se monta el lío.
Te sientas sobre la peque, metes la llave, arrancas, pones primera y suavemente aceleras. Pero se te ha olvidado que pesas 200 kilos menos, que la moto responde mucho más rápido y sobre todo, que ya no tienes que compensar los zarandeos del side. Así que salir disparado no entra en tus planes, pero pasa. Y vaya que si pasa. Hasta el momento, 10 metros nunca han sido tan cortos. Ni el coche de enfrente se ha hecho nunca tan grande, así, de golpe.
Frenazo, respiras, pones cara de idiota porque no entiendes que ha pasado, y apagas el motor. A ver, que no estoy en la Ural. Con cuidado, con mucho cuidado, vuelves a poner en marcha la moto, y a dar gas como si estuvieras metiendo un barco en una botella.
Poco a poco se toma el control de la nueva situación. Y al poco te has readaptado. Sonríes, te acomodas, y te preparas para disfrutar. Pero algo no funciona. Vas cómodo, sí. La moto responde, también. Pero ya has probado una moto “de verdad”. Y lo que es peor, ya has probado una Ural.