Despierto. He soñado con la cara de un zorro naranja y blanco. Por ojos, discos en espiral de esos usados en las películas para hipnotizar. Sujetaba una pajita flexible y larga. No sé si sorbía por ella. De detrás de la cabeza le salían lineas plateadas de luz a modo de rayos.
Me levanto. Fuera hay luz. Las 10:30. Bruno duerme. Ronca. Apenas me enteré ayer de su vuelta. De lo que sí me enteré es de la vuelta de los huéspedes contiguos. Ruidosos y paredes finas. Agarro la bolsa de herramientas y bajo. Hace un buen día.
Ayer la moto volvía a casi calarse al ralentí. Me pongo con ella. Saco las bujías. El entrehierro está bien a simple vista. Medido con la galga, también está correcto. El color es principalmente marronáceo. Ligeramente hacia el negro. No está mal de color. Caliento la moto. Enchufo el vacuómetro. Hum. Los carburadores no están tan ajustados como podrían. Aprovecho a subir un pelín el ralentí y resincronizarlos. Es verdad que una vez aprendido cómo hacerlo no se tarda nada. Intento revisar el filtro del aire. No tengo llave del tamaño adecuado para desmontar la tapa. Cachis. Aparece Bruno. Compraré la llave en la primera ferretería que vea. Nos vamos a desayunar.
Café. Tostada. Él una barrita a la plancha con tomate. Comentamos lo de ayer. Acompañó a los músicos de vuelta a la boda. Hora larga después seguían tocando. Bruno volvió a la habitación. Se durmió rápido, aunque tiene la desasosegadora sensación de que alguien ha entrado en nuestra habitación mientras dormíamos. Casi. Los vecinos en la suya, pero como si lo hubieran hecho en la nuestra, vamos. Hablamos de la posible ruta de hoy. Acordamos ir a tirar algunas fotos sobre la N-301. Después ya veremos.
Recogemos, liquidamos la cuenta. Mientras encajamos la carga en el sidecar sale una pareja del hotel. Ella, una de las novias de ayer. Pelo castaño, veintipocos, rostro redondeado. Lleva un aparatoso vestido blanco mal doblado en una bolsa. Él, el novio, creo. Camina un par de metros detrás, con rostro anodino. Trato de mostrarme cordial y simpático. Muestro una sincera sonrisa.
- Tú te casaste anoche, ¿no?
La novia frunce el ceño con cara de rottweiler enajenado.
- Sí, hijo. Sí.
Me callo.
Terminamos de empaquetar en silencio. Reflexiono. Eso de casarse en un hotel de carretera es muy cinematográfico, desde luego. En plan Las Vegas, como el inicio del viaje. Salimos a la carretera. Toca fotos. No hace falta recorrer mucho. Los primeros edificios a la vista son el estado general de la carretera de la desesperanza.
Gasolinera con bar y taller. Enfrente un almacén de algo. Ya no queda ni el cartel. Alrededor había más bares y algún que otro motel. Tenían rejas. Han sido cortadas. Todo está mugriento. Da la impresión de haber sido un abandono abrupto. Simplemente un día ya no se abrió más. No hubo aviso. Sin planificación. Imagino la siguiente llamada telefónica a la casa de un trabajador cualquiera de la zona:
- ¿Diga? Hola.
- Mañana no abrimos.
- Ah. Descansamos.
- No. Cerramos para siempre.
- Pero, ¿y?, ¿qué hago con las llaves?
- Lo que te dé la gana. Qué más da. Tíralas al río.
El asfalto alrededor de la calzada es tierra suelta. La moto levanta mucho polvo. Por el suelo, ladrillos y cristales, trozos de plástico y latas aplastadas de cerveza y refrescos. Lo que queda está demasiado roto como para valer algo. O está fijado al suelo. A pocos metros hay un cobertizo. Tiene pinta de estar aún algo entero. Subimos a la moto. Nos acercamos. Cámara en mano. Doblamos la esquina y hacemos entrada. El tiempo se detiene.
Cinco hombres nos miran. Claramente del Este. Cara de muy pocos amigos. Uno lleva una radial. Otro una cizalla roja de buen tamaño. El resto martillos, sierras, palancas, guantes. Algunos sujetan un pitillo en la boca. Todos sudan. Tras ellos, una furgoneta y un remolque. Asoma algo similar a un surtidor. Aguardaban. El menos amistoso se encara hacia nosotros. Da un par de pasos hacia nosotros. Mira la Ural, mira la cámara, nos mira. Está tenso. Están tensos. Estamos tensos. Sin ser consciente, abro la boca.
- Anda. Hola. Dios, qué curro. ¿Necesitáis ayuda?
Sorpresa. Les cambian las caras. Creo que me han entendido. Planto la cámara a Bruno en el pecho, engancho primera. Salimos a toda leche. A poner kilómetros por medio. De vez en cuando Bruno se gira para comprobar que somos los únicos en la carretera. Cuando llegamos al primer desvío, parece una buena idea abandonar la N-301. Aunque sea durante un rato. Es una vía que va al noreste. A Tarazona de la Mancha. Tomada. Un cartel poco algo más adelante informa del conjunto histórico digno de visita de Tarazona. Nos relajamos.
El paisaje es llano. Muy plano, planchado en una tintorería. Tarazona es visible al frente. Al fondo, al norte, tormenta. Al este, sur y oeste también. Todo a lo largo del horizonte se ven nubes negras y oscuras. Estamos en un hueco circular de cielo azul.
Aterrizamos en Tarazona en plena hora punta. Plaza Mayor. Salida de misa. Todo el pueblo está allí, repartido entre el pórtico de la iglesia, y la puerta del bar. Todos nos miran. Somos la noticia del mes. Bruno confiesa sentirse como si fuera el que sale del super-coche al inicio de los dibujos de la Pantera Rosa. Hay mucha actividad, niños jugando. La panadería-confitería está abierta. Todos visten de domingo. De la iglesia sale un matrimonio joven. Acaban de bautizar al bebé de ambos. Congeniamos con un paisano, fanático de las Ural. Las conoce. Refrigerio con él en el bar. Ya tiene una BMW, y su mujer no vería con buenos ojos la compra de un sidecar. Con el quad debería ser bastante. Es para ir y venir cada día por los campos de labranza. El dueño del bar, luciendo camisa hawaiana, interactúa. ¿Venimos de muy lejos? ¿Vamos a un destino muy distante? ¿De dónde somos? ¿Por qué estamos en Tarazona? ¿Nos quedaremos esta noche? Pregunta, consciente de ser quien más tarde informará a los demás. Cumplimos e intercambiamos admiraciones varias sobre la belleza de la Plaza Mayor.
Breve visita al interior de la iglesia. Venden recuerdos del bautizo y objetos varios con emblemas cristianos y efigies de santos. Llaveros, colgantes, broches y estampas. El órgano parece recién restaurado. Queda pendiente verlo con calma en alguna visita futura. Apartamos a los chavales arremolinados en nuestra ausencia alrededor de la moto, y seguimos viaje.
No hay que volver por donde vinimos. Siempre avanzar, nunca retroceder. Máxima que cita Bruno de vez en cuando, a imitación de un tal Pájaro Estoico. Ya me contará qué es. Pasamos por Mahora, y rumbo de nuevo a la 301. Bruno vuelve a dormirse en el sidecar. Hoy parece no roncar. Fascinante.
Bordeamos Albacete. A partir de ahí la N-301 discurre casi conjuntamente a la autovía. Eso no libra de seguir encontrando bares arruinados, paradas de autobús obsoletas, estaciones de tren abandonadas. A nuestra espalda, el círculo de cielo azul se empequeñece. De vez en cuando el viento trae en el aire el olor a tierra mojada. Al poco de pasar Pozo Cañada paramos a comer. Sacamos la navaja y uno de los regalos efectuados por el Comité de Despedida. Dos latas de sardinas y una barra de pan. En unos segundos queda convertido en sendos bocatas de buen tamaño. Rebañamos el aceite de las latas con los picos de la barra. Huele a tierra mojada, el monte al noroeste está oculto bajo grises columnas de agua, y se oyen los truenos.
La tormenta nos alcanza a unos 100 Km de Murcia. En pocos momentos hace un frío tremendo. No llueve. Graniza. Entre el hielo que cae, y el aire que la hincha, se raja la capa de agua que me mantiene seco. El granizo moja, pica y duele. El cuero del sidecar se empapa. El viento es fuerte. Me agoto. Conducir en estas condiciones consume rápidamente mi energía. Hay que ser extremadamente cuidadoso. La carretera se cubre con una capa fina de agua y trozos de hielo. Ni un despiste. Concentrado. Ni una frenada en falso. Tenemos suerte. La tormenta tuerce hacia el norte. El sol sustituye violentamente a la tormeta y la temperatura sube a casi 30ºC tan rápido como ha bajado. Empapado como estoy, sudo abundantemente. De Bruno sólo se ve de los ojos para arriba. Más tapado no puede estar.
Llegamos a Murcia justo andes del anochecer. No puedo conducir más. Bruno hace un par de llamadas. Resulta que una de sus amistades nos presta casa por esta noche. Lo agradezco profundamente. Nos recomiendan tres lugares para cenar. Los dos primeros cerrados. Acabamos en La Parranda. Cena opípara. Gran parrillada de verduras, como no puede ser menos en Murcia. Mientras cenamos, la calle parece el trailer del Diluvio Universal. Cae tanta agua que apenas se ve a un par de metros. Termina a la vez que nosotros. Nos vamos a dormir.
Hoy encuentro mi libro rápidamente. No leo ni media frase. Me duermo.




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