Abro los ojos. No reconozco el cuarto. Claro. Estoy de viaje. Por un momento me creo de gira, un hotel anónimo detrás de otro. Estoy de gira, pero con Bruno. Me ubico. El Sidetour.
Asalta el sueño de esta noche. Un perro, mezcla entre pastor alemán y chow-chow. Naranja. Tenía un caleidoscopio por el que miraba. Uno de esos que son a la vez catalejo, que montan la imagen final con los colores y formas de lo que ves a través. Yo miraba con los ojos del perro, pero no lo era. Anoto el sueño. Me ducho. Recojo. Abro el mapa de ruta en la mesa del salón. Entra una luz agradable. Marco una cruz en Murcia. Con el cordel y el rotulador dibujo el círculo alrededor. Hago una línea recta entre el hotel de ayer y la ciudad en la que estamos.
Bruno da los buenos días. Comenta que no ha dormido muy bien. Ha diluviado. A cubos. Ha hecho viento y tronado. Con una mezcla de resignación y cabreo declara que no ha habido manera de pegar ojo. Ah. Pues no me enterado de nada. Nada de nada. Qué suerte. Me pregunta por el zorro y sus ojos. Le cuento el sueño. Lo anota. Él ha soñado con Panero. No da más detalles.
Asomados a la ventana se ve claramente hacia dónde hay que encaminarse. Al Sur. Vuelve a ser el único punto del horizonte sin nubes. Nos tomamos un té. Bruno friega. Yo recojo. Nos vamos.
En ruta. Bruno, dormido. Ruedo tranquilo. A estas horas no hay casi nadie en la autovía. Todo tiene dos, tres y cuatro carriles por aquí. Resulta un poco aburrido. Es zona de traslado de grandes cargas. Prácticamente todas las vías tienen una nomenclatura europea. Se nota el destino de todas estas verduras. Y que Europa viene por aquí. En dos modalidades distintas: grandes resorts vallados y aislados, organizados por nacionalidades, a distancia suficiente de todo para que no haya ni contaminación fonética. Y grandes colonias de tienduchas de plásticos reciclados, difíciles de ver, miméticas con las cubiertas de los invernaderos. En ellas también hay europeos, pero de los que no tienen dinero. De los que no lo tienen ni aquí, ni allí.
Hasta el moño de la autovía, salgo a la vía de servicio. De pocos coches, a ninguno. Vamos absolutamente solos. Y es más divertido, el asfalto presenta mil y un baches. Agujeros, charcos, desniveles. Botes, muchos botes. Bruno se despierta. Lanza un par de vítores, algún yujú y silbidos varios. Un par de botes serios y pasa a disfrutar en silencio. Y agarrado, muy agarrado.
Por ir por la vía de servicio, el cruce hacia el sur a la altura de Alhama queda inaccesible. El asfalto desaparece. Vamos por tierra. Más botes, más charcos. La velocidad baja drásticamente. Empotrarse contra un invernadero de berenjenas no parece un buen final para el Sidetour. El camino tuerce hacia el norte, encarándose hacia las tormentas. Me pierdo. Verduras. Ni una persona, ni un nativo, ni un temporero. Sólo verduras. Vamos a dar con un camino que parece avanzar hacia el sur. Por él. Al frente, la autovía a Mazarrón. Lección cogida. Si te sales de la autovía, te comen las verduras.
Entramos en la muchos-carriles. Otra vez, Bruno dormido.
Veo el mar. No. Veo grandísimas extensiones cubiertas de plástico. Vuelvo a ver el mar. No, tampoco. Tras cada colina, a cada vuelta, invernaderos de plástico. Más. Con el sol cayendo encima, brillan. Lo reflejan. Se confunde con el brillo del agua. El aire los agita. Se mueven en oleadas. La confusión es fácil. Reflexión en silencio: las autovías son desiertos en forma de tallarines, no-lugares por excelencia.
Por fin. Abandonamos la autovía, esta vez autorizados por un cartel que nos indica el camino a seguir. El cambio de terreno despierta a Bruno. Sonríe. Grita algo amable. No le entiendo. El viento, el motor y los cascos lo impiden. Asiento con la cabeza y muestro una sonrisa. Sonríe de vuelta y alza los pulgares de ambas manos.
Cambio de rasante. Lo veo. Lo vemos. Señalizo, reduzco y paro en el cruce con el Camino de la Torta Frita. Bruno salta del sidecar y corre con los brazos en alto. Grita “mi barco, mi barco”. Le sigo con la cámara en la mano. No grito nada.
La locura transitoria tiene explicación. En uno de sus shows, Bruno es un capitán de atormentada relación con el argumento. Quiere subirse. Le hace ilusión. Le tiraré alguna foto, por si le valiera. Junto al timón, posa. Le lanzo el mapa de carreteras. Él protesta, no es una carta marina. Bueno, para llegar al mar lo vas a necesitar, junto con un par de ruedas como mínimo. Parece conformarse con la respuesta. Fotos. Reparo en que mira en dirección equivocada. La proa está para el otro lado. Qué más dará. Está aparcando.
Proseguimos viaje.
La arquitectura va cambiando poco a poco. Ya se ven salpicaduras de estilo colonial. Pienso en Sudamérica, el Caribe, Méjico. Rastros moldeados sobre el ladrillo y la argamasa. Migraciones entonces, migraciones ahora. Imposible de controlar. Cambia también el aspecto de los operarios de la vía. Antes pintaban las líneas con gorra o capucha. Estos llevan sombreros de paja. Simples, deshilachados. Redondos. Sudan más, hace más calor.
Al poco de pasar Aguilas, Almería nos recibe. El cambio de paisaje es súbito. La carretera baja hasta la playa. El mar a 25 metros escasos. Los colores, la luz, la arena. Todo combina perfectamente. Salgo de la carretera, meto la Ural en la playa. Pido a Bruno que pasee un rato, y tiro foto.
Huele salado. A arena mojada. El sol empuja la sangre por las venas. El viento rumorea entre los radios de la moto. Callados, disfrutamos. Sería deseable llegar a San José. Da pereza ponerse en marcha. Enciendo el motor, y avanzamos despacio por la arena. Bruno, pies descalzos sobre el morro del side, silba Una nube, una sombra y un mitad, de Mr. Conde. Oportuno. Rodamos absorbiendo todo lo que podemos de este conato de libertad.
El paisaje es asombrosamente familiar. ¿Cuántas películas rodadas por aquí? No es de extrañar que parezca que ya hemos estado. O creer ver a Clint Eastwood con poncho. Observo las casas que vamos pasando, y pienso. Los manitas de Leone serían de por aquí. Así que las casas que lucen sus películas tendrán poco de tejanas y mucho de almerienses. Deberían corregir las cajas de cowboys de los Clicks de Famobil.
Al pasar por el Pozo de los Frailes nos desviamos. Bruno me ha indicado tomar la salida de la izquierda. En este tercer día ya contamos con un lenguaje básico de signos. Tenemos gestos para indicar sí, no, después, al frente, izquierda, derecha y despacio. Lo demás, a gritos. Reparo en que no tenemos señal para “no te he entendido”.
Entramos en una especie de colonia de viviendas sencillas. Son cúbicas. Blancas. De un solo piso. Parecen de una sola habitación, y no muy grande. Algunas cuentan con una vallita delante, protegiendo cactus llenos de espinas rectas y largas. Pinchan. Aparcamos bajo un tejadillo. Bruno se va a ver una casa en la que vivió hace más años de los que quiere recordar. Deambulo, alejándome de los cubitos blanqueados. De repente, una figura se acerca a mí. Alto. Barba cana. Rostro enrojecido al estilo cangrejo. Procede de una casa algo más apartada. Habla con marcado acento germano.
- Hola. ¿Es una Urral? Es distinta a las que conozzco. ¿De qué anio ess?
- Hola. Sí que lo es. De este año.
- ¿De verrdadd? No lo parrece. Perro ssuena como una. Y ssuena muy bienn.
Se llama Thomas. Sesentaitantos. Alemán. Hablamos sobre las Urales. No le gustan las Harleys. Prefiere las líneas más clásicas. Tiene una custom de 125 a la que le ha hecho algunos cambios para que resulte más cómoda. Está pintada con un color muy efectivo a la hora de disimular el polvo del desierto. Un azul lánguido metalizado. Parece que tenga purpurina. Muestra gran pasión por la Ural y su sidecar. Le sugiero comprar una. Ideal para él y su esposa. Sobre todo aquí.
- No. Yo ya tengo mi verrdaderro clássico.
- ¿Sí?
- Sí. Triumph. UN Triumph. UN Triumph.
Remarca con énfasis el “un”. Abro los ojos, mostrando que he entendido. Triumph Spitfire de 1973. Color “British Racing Green”. Ha restaurado motor e interiores. Su esposa ha retapizado en cuero el habitáculo. Es precioso. Abrimos el capó. Enciende el motor. Suena perfecto. Todo el motor es de fácil acceso. Lo acelera. Obedece sin una sola sacudida. Thomas está orgulloso. Se le ve disfrutar con tan sólo acercarse al coche. Nos sonreímos. Sabe que siento lo mismo con la Ural. Aparece Bruno. Admira la creación del alemán. Parece maravillarse y disfrutar. Creo que está fingiendo. Lo averiguaré.
Ya en el camino, le pregunto qué le ha parecido el coche. ¿Cuál, el descapotable ese verde guardia civil? Fingía, es obvio. Chasqueo la lengua. Bah, escritores.
San José. Llegamos. Esta población no nos convence. Hace menos de cuatro años que Bruno pasó por aquí, y ya es irreconocible. Ultra-turística. Queda apenas hora y media para que comience a anochecer, hay que decidirse. Además, ya rodamos con la reserva del depósito. Nos informan vía sms de tormentas e inundaciones en el resto de la península. Todo el mundo ve el cielo negro, menos nosotros. Literal. Las montañas de alrededor nos ocultan el horizonte nublado. Sobre el mar, sólo azul. Decidimos buscar refugio en Las Negras. A poca distancia de aquí.
Sólo hay un hotel abierto en Las Negras. Diseño minimalista. Muy fashion. Mercedes y Porsches aparcados en la puerta. No es buena señal. Piden más de 90€ por la noche. No incluye desayuno. Pero tiene una vista magnífica. Nos muestran la habitación, tratando de convencernos. La ventana es apaisada, panorámica. Toda de una pieza. A través se ve el cielo y el mar. Nada más. Ni siquiera arena. Agradecemos la insistencia que nos brinda, pero no nos quedamos.
Asumimos que toca saco y tienda. Acabamos en el camping La Caleta, escondido tras un brazo de la montaña que se adentra en el mar. La carretera es del ancho de un coche. Toca subir la cuesta en primera, y bajarla en la misma marcha, con los frenos apretados. Curvas de 180 grados y radio casi nulo. Cuidado. Nos atienden amablemente. Pedimos parcela, sin luz. Podemos escoger la que deseemos. Apenas hay gente. El camping es enorme. Para 1.200 personas. Pero hace un par de días que se fue todo el mundo. Reina la sensación de fin de verano. La chica de la recepción huele a melancolía.
Montamos tienda. Colocamos el equipaje dentro. Salta la alarma. No está el bidón con la gasolina extra. Me lo olvidé en la parada de repostaje en Murcia. Tres veces mierda. Mierda por olvidarme el bidón del tamaño perfecto para el maletero. Mierda por perder la gasolina al precio que está. Y mierda por estar ya usando la reserva. Aflora el Bruno Zen. Vamos a por gasolina. Pedimos detalladas instrucciones a la recepcionista del camping acerca de la gasolinera más cercana. Campohermoso. A 14 Km. Bruno pregunta la autonomía que nos queda.
- Unos 18 kilómetros.
- Ah, bueno.
- Hay que añadir el error de cálculo del lugareño.
- Ya. Y en este caso, ¿de cuánto es?
- 7 Km.
- Vaya.
Creo que cuando pides indicaciones de este tipo a nativos del lugar te dicen una cantidad inferior a la real para animarte. Es una muestra de simpatía. Comparten su optimismo contigo. Siempre pasa. Estoy convencido. Estés donde estés.
Nos ponemos en marcha. Ya es de noche, y baja la temperatura. Cuesta arriba. Cuesta abajo. La luz del faro chisporrotea y se funde. Fenómeno. Que nadie mencione el riesgo de lluvia. Ya tenemos suficiente. Conduzco despacio. Las carreteras de la zona apenas están pintadas. Las luces de posición iluminan tan sólo unos seis metros alrededor de la moto. Eso, si están animadas. Establezco una apabullante velocidad de crucero de 35 Km/h. Pienso en todas las cuestas que nos quedan. Hay que jugar bien la baza. Subiendo, en tercera, con el mínimo número de revoluciones. Bajando, reteniendo lo mínimo posible, y dejando que la moto caiga por su propio peso siempre que pueda. Aprovecho los últimos metros de las bajadas con el embrague apretado. Bruno protesta por el frío, silba para espantarlo. Yo, concentrado, no noto nada.
14 Km. Ni rastro del pueblo. 16 Km. Se ven unas luces. La moto pega su primer tirón. Bruno se calla y mira al motor. Me imagino su cara. Sabe que si nos quedamos tirados, va a ser él quien se patee el camino. 18 Km. En las afueras del pueblo. Segundo tirón. Tomamos la rotonda y salida indicadas. Ni rastro de la gasolinera. Pregunto a una mujer. Todo recto. 19 Km. La moto sólo tiene unas gotillas de combustible en los filtros. 20 Km. La gasolinera. Último tirón de la moto. Piso el embrague a fondo y apago el motor. La moto rueda en silencio hasta quedar bajo el techo de los surtidores. Llegar, hemos llegado. Me bajo, beso a la Ural en la tapa del depósito y la empujo hasta el anodado gasolinero, quien me espera manguera en mano. 20,5 Km marca el contador.
Llenamos depósito y un bidón recién adquirido. Decidimos cenar en San José, pero antes pasamos por un cibercafé, aquí en Campohermoso. No podemos seguir hacia el sur, así que será mejor saber qué tiempo nos vamos a encontrar hacia el oeste. Diluviará. Consternados, debatimos durante la cena. Bruno consulta a Rey Trueno, para saber qué hacer. Nos indica que “avanzar siempre, retroceder jamás” y que “atravesemos el ojo del huracán”. Nos apoyará con un conjuro para que nos vaya bien. Se lo agradecemos. Terminamos de cenar, y ponemos rumbo al camping.
Con esto de que es de noche, sin iluminación adecuada, y ayudados por la falta de precisión de los carteles locales, nos perdemos. Bruno no es de mucha ayuda. Hipnotizado por las lineas de la carretera, fantasmales en la oscuridad y débilmente iluminadas, no responde a mis preguntas. Trato de orientarme con el perfil de las montañas contra el cielo estrellado. Reparamos que tenemos un edificio al lado. Increíble. El Bar de Joe. Lo hemos encontrado. Está aquí. El lugar en el que la leyenda sitúa las cenizas de Joe Strummer. En medio del desierto de Almería, y hemos llegado a él. El destino nos ha traído. Lástima que el destino no sepa leer, porque el cartel de la puerta lo dice muy claro. Lunes, cerrado.
Tarde y con frío, pero sanos y salvos llegamos al camping. Directos a dormir. Bruno ronca a los pocos segundos. Saco la linterna, y leo.
Casi un capítulo después, me duermo.




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