Me despierto. Azul oscuro. La tienda filtra la luz exterior. He dormido muy bien, a pesar de la falta de espacio. El olor es intenso, reconcentrado. Realmente no sé si me ha despertado el olor a humano, o alguna otra cosa. Fuera, no suenan los pájaros. Abro la cremallera de la tienda. Qué raro. Anoche hacía mucho calor y se quedó abierta.
Entra aire fresco. Huele a tierra mojada. Vaya. No augura nada bueno.
Vestido, rumbo hacia los baños. Me afeito. El placer de sentirse libre de mi medianía de barba queda interrumpido por un corte. Zisss. Superficial pero largo y situado en un pliegue de la cara. Cachis. De los que incordian. Tardará en cerrarse. Ducha. Las cañerías vibran, lentas, profundas. Son un coro de monjes tibetanos rezando al fluir del agua. Es entretenido jugar con el grifo para crear melodías sagradas.
Camino de la tienda llega un recuerdo de otro camping, otro momento. En aquel, una tienda de alta tecnología, con forma de iglú y claramente capaz de soportar los peores castigos climatológicos. Detrás, una valla, límite del área de acampada. Tras la valla una cierva, con su cría, asomadas. Sabedoras ambas de la generosidad de los campistas, siempre dispuestos a compartir el desayuno. Se abre la tienda. Sale un caballero. Alto, muy alto. Experto en origami si ha de dormir en esa tienda. Seguro. Pijama clásico blanco, con finas rayas verticales azules. Chaqueta del pijama con grandes botones. Gorro de dormir, largo, fino y acabado en punta. En la punta un pom-pom blanco. Bosteza, se estira, se rasca la espalda, y vuelve dentro de la tienda.
Buenos días, Bruno. Hola, ¿has oído eso el ‘ahouumm’ ese, como místico? Sí, son monjes tibetanos rezando en las duchas. Bruno agarra sus útiles de higiene y se lanza ilusionado en su busca.
Recojo. Va a llover. Toca proteger bien la cámara y demás elementos sensibles al agua. Bruno vuelve. Me mira, reprobándome la inexistencia de lo cantores tibetanos. Empaquetamos la tienda, liquidamos la cuenta. Nos vamos.
Petición de Bruno. Desea acercarse a la playa El Playazo, para bañarse. Buscamos la entrada, pasándonosla un par de veces. Llego con la moto casi hasta el propio mar. Bruno en bermudas, trota hasta el agua y se zambulle. Le pierdo de vista. Caen las primeras gotas.
Se acerca un hombre. Holandés. Pregunta sobre la Ural. Finalmente confiesa. Hace poco compró una Harley Davidson moderna. La Electra Glide conmemorativa. Muy descontento. Cara, pesada, ocupa demasiado y consume como un ogro. No puede decírselo a su mujer. No después de lo que costó convencerla. Escucho amablemente. Confesado, se despide calurosamente.
No va a ser un tímido chubasco. Las gotas son grandes, pesadas, tibias. Paseo. Bruno vuelve. Rápido, que nos mojamos. Se pone la chaqueta, el chubasquero encima y el casco. Con los pies aún cubiertos de tierra se lanza dentro del sidecar. Abandonamos la playa a la vez que el goteo se convierte en lluvia, en busca de refugio antes del diluvio.
No hay esa suerte. Ante la previsión de empaparme, tengo una idea. Bolsas de basura y cinta aislante. Me envolveré con ellas, para que el plástico mantenga el agua fuera. Paramos en una ferretería. Pido a bruno que tenga a mano la navaja. Entro. Adquiero todo lo necesario. Al salir, se me presenta la imagen que sigue.
Bruno, en un charco. Se mira con detenimiento los pies descalzos, mientras chapotea. Arena en las pantorrillas, con una mano se remanga las bermudas verde fluorescente. Chubasquero abierto, se ve su chaqueta de motero. No se ha quitado el casco, ni las gafas de sol de cristales amarillos. Sujeta la navaja abierta en la otra mano. A unos pocos metros, una anciana con bastón y paraguas mira asustada. Vístete y ayúdame, anda. Bruno toma conciencia del panorama y se viste a toda prisa. Pide disculpas a la señora. La mujer sale corriendo.
Cortamos las bolsas. Me envuelvo en ellas. Convertido en el hijo del hombre-basura y la mujer-morcilla. Bruno se refugia bajo el cuero del sidecar, tapándose hasta la altura de los ojos. Reanudamos el viaje hacia el ojo del huracán. Hacia Almería.
Arrecia a medida que avanzamos. De chubasco a lluvia, de lluvia a tormenta, de tormenta a tempestad. El viento azota, la visibilidad se reduce por momentos, la capota del sidecar se empapa. Yo conduzco contento. Mi disfraz funciona. El agua fría de fuera no entra, y el agua que ya me había mojado se calienta poco a poco con mi calor corporal. No se evapora, evitando hacerme sentir frío. Entonces llega el planchazo.
Entramos en un badén. Simultáneamente entra un coche por el otro extremo. Va muy rápido. Hay agua acumulada en el fondo. Llegamos a ella a la vez. Las ruedas de coche hacen un surco. La lanza violentamente. Contra nosotros. La ola nos supera en altura. Impacta con mucha fuerza. Me descoloca las gafas y el casco. Golpea estómago y hombros arrastrándome hacia atrás. Trago agua. Agarro el manillar desesperadamente. La moto da bandazos de lado a lado. Escupo barro. Descargo el peso hacia la tija, enderezo la dirección, y a la vez toco suavemente el freno de atrás. Reduzco. Vaya con el ojo del huracán de Rey Trueno. Me da un ataque de risa. Agua hasta en los calzoncillos. La bota izquierda ya no es bota sino pecera. Por dentro, los pliegues de las bolsas de basura rebosan. Me río a carcajadas. Bruno, igual de empapado, me observa con cara de no comprender nada. Incapaz de contenerme, me río durante al menos diez minutos más. La lluvia amaina. Coincide con nuestra entrada en Almería.
He de comprar un traje de agua. En RPM Bikers probé uno ideal, buscaré algo similar. Encontramos una tienda en el centro. Compramos el traje. Me lo llevo puesto, con las etiquetas colgando sin cortar. Bruno está casi tiritando. Rápido, un bar. Nos atiborramos a patatas bravas extra picantes, para entrar en calor. Bruno come tres raciones. Ganamos tiempo con ello, y entramos en un restaurante. Caldereta de pescado. Idóneo.
La lluvia arrecia de nuevo. Cae en estruendosas oleadas. Nada más escoger el menú, Bruno desaparece. Va al baño. Atranca la puerta. Se desnuda. Agachado bajo el secador de manos, lo activa una y otra vez. Una vez seco él, seca la ropa. Los camareros no se explican el calor que inunda el restaurante al reaparecer Bruno.
Tenemos suerte. Deja de llover. Salimos precipitadamente del restaurante. El dinero queda esparcido por la mesa. El café a medio terminar. Hay que aprovechar este momento de calma para hacer tantos kilómetros como se pueda. Hay que seguir. Me sorprende que no tengamos que planteárnoslo. Nada de esto tiene sentido si las ruedas no giran. ¿Estaremos volviéndonos adictos?
Carretera de costa. A la izquierda el mar. A veces con playa, otras con rocas. A la derecha, monte cortado, ramblas para riadas, vegetaciones y casas. Atravesando Balanegra, avistamos a cuatro pisos de altura un gnomus urbis balconis o gnumus macetus, de tamaño considerable. Supera claramente los 75 cm de altura. Asombrados, paramos. Debatimos intensamente. El tamaño es muy superior al gnomus jardinus, y no digamos al gnomus muscus. No entendemos cómo ha llegado a tener el tamaño que tiene, sin que nadie le pegue un tiro, que es lo que le apetece a Bruno. Se le antoja demasiado grande y desafiante.
Rápida parada cerca de Málaga. Comienza a anochecer. Aprovechando una amistad de Bruno en las cercanías, detenemos el viaje por unos momentos para recuperar fuerzas y charlar un rato en grata compañía. Pido prestado un par de secadores para la aún empapada ropa. Lamentablemente queda constancia del hecho en varias fotografías que toma nuestro anfitrión con una traicionera cámara compacta. Dicho anfitrión también nos sugiere amablemente que pernoctemos en Torremolinos. Le regalamos caramelos de marca “Aciditos” en gratitud por su hospitalidad, y nos vamos.
El camino es corto, pero resulta eterno. Conduzco con apenas energías. Vapuleado, golpeado, empapado, secado. El desgaste de hoy es muy superior al de días anteriores. Llegamos. Me tumbo sobre la moto. Me dejo arrastrar por Bruno. Me duele todo. Hotel. Mejor para esta noche. Cenamos en un chino. Los únicos clientes en la hora y media en la que estamos. Como muestra de pérdida de cordura, Bruno propone escoger el menú más cutre de todos. Acepto. Examina el contenido de la elección. Nos falta cordura pero no tanta. Mejor el que es dos euros más caro. Parece menos perjudicial, al menos dos euros. Veinte minutos después del restaurante, Bruno ya siente los primer dolores estomacales.
En el hotel busco mi libro. No puedo leerlo por estar empapado de agua. Abierto en abanico, lo pongo a secar. No recuerdo dormirme.

Entusiasmadamente, nuestro anfitrión comparte su experiencia en:
http://lagrimasdeandroide.blogspot.com/2008/09/el-sidetour-las-puertas-de-casa.html
donde se pueden encontrar las pruebas constatadas de nuestro paso por allí. No miréis las fotos. Y menos, la del calcetín.