A punto de llegar a mis dos décadas de edad, mis progenitores decidieron cumplir con la tradición de darme impulso regalándome el coste del examen de conducir.
Jamás pisé la autoescuela. Bueno, sí lo hice. Una vez, para recoger el código de circulación. Texto que nunca leí, por supuesto. Ha de constar que lo comencé varias veces, tanto en su versión reglamentaria como en la hiperresumida, esa hecha en plan “informática para tontos”. Pero nunca llegué a pasar de leer la portada.
Quizás era que no sentía la necesidad, que no lo necesitaba ni para trabajar, ni para estudiar, ni para mi vida personal o el ocio. No me llamaba la atención ni por casualidad. Me reconozco como un urbanita por arriba y por abajo, por delante y por detrás, mire por donde se mire. Viviendo en pleno centro de la ciudad, el transporte público colmaba la casi totalidad de mis necesidad, y cuando no lo hacía, alguien me transportaba.
En septiembre del 2007, prácticamente década y media después de aquel regalo nunca usado, el asunto cambió. Apareció la motivación adecuada, apareció la Ural. Moto con bañera, es una máquina para la que sobran las palabras. Reconozco que tiene todas las pegas de un coche, y casi todas las de una moto. Más algunas propias de tener tres ejes asimétricos. Sin embargo no hay margen para la duda, cuando la ves, sientes si es la moto para ti. De hecho, y como dice más de un dueño y un distribuidor:
Si dudas entre comprarte una Ural y otra moto, compra siempre la otra.
Y éste es mi caso. Era el momento. Había el tiempo, el dinero ahorrado, y las ganas. Tan sólo restaba pasar por el trance y proceso de sacarse el carnet de conducir. Primero el B, para cumplir con aquel regalo ignorado, y segundo el A, para poder conducir una moto con sidecar.
De esta manera, en octubre, comencé el camino para dejar de ser andante…