Dejé de ser sólo andante, para pasar a serlo con moto.
En diciembre del 2007 abandoné para siempre mi condición de peatón en exclusiva. Obtuve, según lo trazado, y casi en la fecha esperada, el permiso ese que te posibilita la conducción legal de coches y similares, el llamado B. Y ni corto ni perezoso me tiré a las clases de moto. A por el permiso A.
Madrugones, y frío. Mucho frío. Las clases transcurrían por la mañana, ocasionalmente tras la salida del sol, pero la mayoría de ellas, algo antes. O mucho antes. Enero y febrero. Frío, viento y ocasionalmente lluvia. Y más frío. Encima, a 80 o 90 km/h. Más frío aún. Y yo, sin guantes.
A pesar de ello, no lo recuerdo como desagradable. La ilusión, las ganas podían con ello. El ansia de sentir los kilómetros rodar bajo mi cuerpo me guardaba de esas incomodidades. Las escondía y las camuflaba, haciéndolas parecer pequeñas. Y descubrir, como tantos otros han hecho ya, que sobre la moto la sensación de libertad tiene un sabor muy distinto.
La agilidad de la máquina, la exposición del propio cuerpo al aire, al viento, el no percibir los sonidos de alrededor deformados y alterados por la carrocería, oler cada palmo de camino por el que pasas y sobre todo, sentir la fuerza del motor directamente sobre uno. Todo eso es llevar la moto. Desde luego, conecta plenamente con la necesidad de sentirse vivo. Cada giro, cada frenada, cada acto implica tener que estar pendiente de todo el entorno al completo. Y verse obligado a adaptarse a los cambios del mismo. En el fondo, aprecio este sometimiento. La dosis justa de lucha que puede transformar un trayecto para un recado en una aventura, o un viaje cualquiera en un imposible al que enfrentarse y superarlo.
Así que poco antes del examen, y previendo que podía pasar más tiempo del calculado para recibir la Ural, reajusté lo ahorrado para dar cabida a una moto algo más pequeña, de ciudad pero capaz de realizar escapadas cortas. Con el aprobado en la mano, me planté en la tienda, y adquirí una Honda CBF 250. Mi primera moto.
Y con ella, me lancé a la carretera.